07 de febrero de 2020
07.02.2020
lo que hay que oír

Pildoritas de suave misantropía

06.02.2020 | 20:13

Mucho se habla sobre los ruidos en las salas de cine: móviles, voces sin temple, risotadas, patadones contra las butacas. Pero ¿y el olor? Ese dulzón revenido de los monumentales contenedores de palomitas, esa fritanga sólida de los bocadillos choriceros que devora el respetable, los aceites vegetales casi palpables que de ropas se apoderan, los jarabes y cacaos, los sueros, el efluvio de sucedáneo de vainilla que se incrusta en la nariz para no abandonarla en semanas, todo en dosis elefantinas. En la pantalla, 1917. Mi vecino de butaca expulsa los vapores de su ingesta con un eructo: "Joder, qué película más absurda", juzga. En realidad, dijo "asurda". Estoy por no salir más de casa.

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Se ha muerto la preposición "entre". De muerte natural, naturalmente. Expresaba cuando estaba viva la idea de reciprocidad. La preposición "de" ha venido a ocupar su puesto. Leo en un titular: "La guerra sin cuartel de ERC y JxC aboca a un adelanto electoral inminente". No hay, pues, guerra "entre" ERC y JxC. Ahora hay guerra "de" ERC y JxC. Así que ya sabe: si usted se separa a las malas de su cónyuge, no diga "estamos en guerra legal entre los dos". Diga: "Estamos en guerra legal de mí y de la contraparte". Y que lo compre quien lo entienda.

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Uno de mis nietos bebe los vientos por unas natillas que ha visto en el frigo. Sus padres se las niegan: no tocan hoy. El chiquillo busca argumentos en pro de su causa. Cavila. Por fin, encuentra uno contundente: "Por favor, es que las natillas me alivian el sufrimiento".

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A la altura de la escalera 13 del paseo marítimo, nos cruzamos mi Brel y yo con una pareja de centenials (o centúricos o centuriales: antes se les llamaba veinteañeros). No puedo evitar oír lo que la chica va diciendo al maromo: "También he buscado Polonia. Por lo de Auschwitz, tío, que dicen que el sitio mola". ¿Auschwitz gusta, resulta agradable o estupendo, es decir, mola? Me llevan todos los diablos, me traen de vuelta los santos a los que invoco. ¿Auschwitz mola como destino turístico? ¿De verdad estamos así? Brel, que me conoce, aprieta el paso tirando de mi cabreo.

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Qué gusto encuentran en darles nombres rimbombantes a carguitos públicos nimios. Viene de lejos la cosa. Ya en 1942, había una "Oficina Recaudatoria del Producido de la Enajenación de los Subproductos Seleccionados de los Residuos Domiciliarios". Lo cuenta y no miente Bioy Casares. Vaya tela.

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Mañana espléndida, fresquita, febrero bonancible, muy temprano. Camino con la sonrisa pintada en la cara a comprar tarta de almendra. Me detiene una conocida que viene atronando la calle con una carretilla de viaje (un trolley, dicen). Hace una eternidad que no la veo. Saludo educado y me espeta sin más señalando el chisme que arrastra: "¿Qué te parece? Es una UDG digital de 80x40x35, con 100 de capacidad y solo pesa dos kilos. Mira, mira, tiene dos bolsillos laterales y mango telescópico de base rígida". Sonríe encantada y me pregunta ansiosa qué me parece. Estoy por contestarle que me importan una higa los carritos, todos. Y que no suelo tenerlos por tema de conversación. Pero la civilidad me obliga a decirle que muy requetebién. Mientras me envuelven (doble) ración de tarta, recuerdo las palabras de la polifacética Agnes Jekyll que tantos deberíamos aplicarnos: "Si usted tiene algo que decirme, por favor tenga la amabilidad de decírselo a cualquier otro".

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Échate a temblar cuando comiencen a darte palmaditas en el hombro y a soltarte aquello de "por ti no pasan los años". Como te has mirado por la mañana al espejo y has visto lo que hay, sabes que estás viviendo un ejercicio de amable hipocresía social. El catedrático y grande Aurelio Arteta aconseja para estos casos tener dispuesta una rápida réplica: "Tienes toda la razón: conmigo los años se quedan".

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