09 de febrero de 2020
09.02.2020
Nuestro mundo es el mundo

Un viaje a Catalunya

Sánchez ha logrado poner las bases para una muy complicada mesa de diálogo entre los dos gobiernos

08.02.2020 | 23:42
Pedro Sánchez y Quim Torra se saludan el jueves en Barcelona.

El nuevo gobierno Sánchez ya lleva casi dos meses. Sigue siendo frágil porque no tiene la mayoría absoluta, imprescindible para las leyes orgánicas. Hasta que logre aprobar los presupuestos, para lo que precisa no ya la abstención sino el voto a favor de ERC, será un Gobierno con un toque de precariedad.

Pero en cinco semanas ha salido bien parado en dos asuntos relevantes. Uno, el pacto con patronal y sindicatos sobre el salario mínimo. El otro, su viaje a Catalunya para poner en marcha la mesa de diálogo entre los dos gobiernos, condición de ERC para la investidura, que tanto escandaliza a la derecha y que parte del independentismo –Puigdemont y Torra– ve con enorme suspicacia.

El acuerdo del salario mínimo es un interesante indicativo porque muestra la voluntad del Gobierno, la patronal y los sindicatos de cambiar la reforma laboral –una promesa delicada porque ha ayudado a crear muchos empleos– a través de la negociación y el pacto. También porque ha visualizado una clara distinción entre el empresariado –posibilista y preocupado por no romper la vajilla– y la derecha que apuesta a que cuando las cosas vayan mal, o peor, antes regresará a la Moncloa. Casado no cree en aquello de "vísteme despacio que tengo prisa".

Más impactante ha sido el viaje a Catalunya para la mesa de diálogo entre los dos gobiernos, forzada por el pacto con ERC que quiere poner en valor que su abstención en la investidura no fue gratis, pero que es un asunto explosivo. Siempre enerva cualquier discusión entre los que creen que la soberanía popular está en las Cortes españolas y los que, por el contrario, afirman que el parlamento catalán es soberano. Más todavía si el presidente catalán, además de contrario a ERC, es un maximalista. Y casi imposible en vísperas de elecciones anticipadas en Catalunya que pueden ser el 24 de mayo. Por eso la Moncloa reaccionó con notable desconcierto cuando Torra dio por finiquitado (en diferido) el gobierno catalán porque ERC se negó a otra estéril sublevación parlamentaria. ¿Es lógico negociar el futuro con un gobierno que está a punto de ser pasado?

Pero lo que parecía "casi temerario" –lo dije el miércoles– ha sido "casi un éxito". Por cuatro motivos. Uno, porque Sánchez ha viajado no con buenas palabras –que también– sino con una cartera llena de asuntos interesantes a discutir. Dos, porque Torra no se ha atrevido a boicotear de entrada la mesa. Ha puesto condiciones inaceptables para Sánchez –la autodeterminación–, pero ha huido del tot o res (todo o nada). Sabe que en Catalunya la revuelta solo prende cuando el gobierno de Madrid es percibido como el enemigo. No es el caso de un Ejecutivo que es avalado al mismo tiempo por dos líderes catalanes de peso: Miquel Iceta (PSC) y Ada Colau, la reelegida alcaldesa de Barcelona.

Otra razón es el riesgo calculado. Sánchez no se ha amilanado. Ha ido al Palau de la Generalitat a ver a Torra –presidente legítimo de Catalunya, al menos por el momento– y ha hecho luego una rueda de prensa en el claustro del mismo Palau. Un gesto que contrasta con Rajoy que cuando venía a Barcelona apenas se movía de la sede del PP, la Delegación del Gobierno y algún hotel amigo. Sánchez ha mostrado no tener miedo y en la rueda de prensa dejó caer que en las últimas legislativas el PSC y En Comú Podem tuvieron casi el mismo apoyo (34,7%) que los que forman el gobierno catalán (36,2%). Aunque –presidencial– no citó porcentajes. Lo fundamental es que en plena Generalitat separatista el jefe del Gobierno de España presumió de tener mucho apoyo en Catalunya. Algo inédito.

Por último –sin ningunear al gobierno catalán– Pedro Sánchez ha puesto de relieve que Catalunya es algo más que el soberanismo. Así se ha visto con CCOO y UGT, con Pau Guardans y la sociedad civil de Barcelona Global, con el presidente de Pimec, Josep González, que pidió que se aprobaran los presupuestos, con las alcaldesas de Barcelona, Ada Colau, y de L'Hospitalet, Nuria Marín... Es mucha Catalunya. Ni Torra puede ignorar.

El acto de Foment del viernes es muy significativo. Allí, en su histórica biblioteca, sesenta empresarios –la directiva ampliada a algunos nombres emblemáticos– departieron informalmente con Sánchez, acompañado solo de Iván Redondo, en un buen clima. Un asistente me lo resume: hubo contacto directo y fluido. Nos ahorramos discursos, pero demostramos que queremos acabar con los demasiados años de choques y desencuentros.

El viaje estaba milimétricamente estudiado y ha ido bien. Algo a tener en cuenta, ninguna garantía de futuro.

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