14 de febrero de 2020
14.02.2020

Periódicos

13.02.2020 | 22:13

Hace años vi uno de los primeros centros de distribución de Amazon en una carretera del centro de Pensilvania. Era una especie de colmena que ocupaba toda la extensión de un campo de fútbol. A su alrededor, docenas y docenas de camiones esperaban aparcados en los fingers de carga. En aquel momento casi nadie sabía lo que se vendía en aquel almacén de Amazon. Poco a poco empezamos a enterarnos: libros, discos, revistas, moda, macetas, plantas, vajillas, herramientas... Lo que no vimos es que aquel centro de distribución significaba la muerte de miles y miles de pequeños negocios que justamente se dedicaban a vender lo que ofrecía Amazon a sus clientes. Y eso es lo que ha ido ocurriendo en estos años: las librerías, las ferreterías, las tiendas de discos, las carpinterías mecánicas, las tiendas de ropa, las floristerías y los pequeños almacenes han tenido que cerrar. Incluso El Corte Inglés está teniendo problemas serios de supervivencia. Los compradores prefieren las grandes superficies -son más rápidas y más cómodas-, si es que no hacen sus compras por Amazon.

También recuerdo el día que leí por primera vez la prensa -este diario, en concreto- a través de una conexión a internet. Quizá fue hacia el año 2003 o 2004, seis o siete años antes de que los primeros centros de distribución de Amazon aparecieran en Estados Unidos. Mi padre, que estaba mucho más familiarizado que yo con el uso de los ordenadores, me animó a hacerlo. En un principio yo me mostraba y le dije que me gustaban los periódicos en papel. "Pero es que ahora podrás leer todos los periódicos que quieras -me argumentó-. Y de todas partes. El New York Times, el Guardian, Le Monde, en fin, el que prefieras". Por lo que recuerdo, en aquella época no había ADSL y la línea de internet era la misma que la del teléfono. Cuando te conectabas, se oía un pitido muy largo y las señales de marcación de un número. Todo era lentísimo, pero al cabo de un rato -en aquella época todavía éramos pacientes- podías tener el periódico en la pantalla del ordenador. Sí, fue un gustazo. Pero lo que no vimos, o no quisimos ver, era que aquella posibilidad de obtener el periódico gratis, sin pagar un euro, y encima todos los periódicos que quisiéramos, iban a matar al periodismo. Nunca antes, en la historia de la prensa, los periódicos habían tenido tantos lectores ni tanta gente que los usaba buscando información, pero al mismo tiempo nunca habían estado los periódicos más desprotegidos. La publicidad caía, las ventas en papel disminuían de modo alarmante y lo peor de todo: los lectores empezaban a creer que no valía la pena gastar dinero en comprar un periódico. Discos, libros, películas, noticias, información: todo podía obtenerse gratis sin más molestias que un buen ADSL y una buena conexión a internet. Quienes hacían negocio con las noticias no eran las empresas periodísticas, sino las empresas de telecomunicaciones. Y en cierto modo, los periodistas pasaron a engrosar las filas de todos esos negocios destinados a una muerte lenta y dolorosa: librerías, sastrerías, tiendas de ultramarinos (uso el hermoso nombre que tenían en mi infancia), tiendas de ropa, tiendas de muebles, estudios de fotografía, etc., etc.

Quienes acostumbran a desayunar en la calle comprueban cada día que la gente se abalanza sobre los periódicos y los lee con pasión, pero poca gente va al quiosco a comprarlos. Una de las escenas más tristes de estos tiempos son las amargas quejas de los quiosqueros que ya no saben cómo mantener su negocio. Para todos los que hemos conocido la época de esplendor de la prensa, un quiosco era un lugar fabuloso donde uno podía encontrar cualquier cosa, desde un tomo de los presocráticos griegos a una colección completa de Tintín o de cómics pornográficos underground. Todo estaba allí como en un bazar caótico y desordenado. Ahora, en cambio, los quiosqueros se las ven y se las desean, igual que muchos libreros y que muchos pequeños comerciantes. La prensa, ay, ya parece pertenecer al mundo de ayer, tan lejano ahora como el de Stefan Zweig en los cafés Art Nouveau de Viena.

Hay quien dice que las grandes cabeceras de prensa deberían crear muros de pago y asociarse en una especie de Netflix que ofreciera suscripciones a sus clientes, de modo que uno pudiera apuntarse a una plataforma que le suministrara, a través de una cuota mensual, el acceso a series de televisión, películas, partidos de fútbol y toda la prensa que quisiera. No sé si eso es técnicamente posible -supongo que sí-, pero los que amamos los periódicos echamos en falta algo así. Sobre todo, porque es una verdadera desgracia que grandes periodistas que nos han hecho felices con su trabajo tengan que irse al paro.

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