16 de febrero de 2020
16.02.2020

Reformas pendientes

15.02.2020 | 20:31

La cuestión territorial se sitúa en el centro del gran atasco reformista español. No es el único elemento que actúa paralizando la política (hay indudablemente muchos otros, empezando por la calidad del debate público que se suscita en nuestro país), pero sí el que por irradiación termina emponzoñando el resto de asuntos. ¿Permitiría una paz autonómica recuperar las iniciativas modernizadoras? Se trata de una pregunta para la que no tenemos respuesta, porque el propio vocabulario de las ideas que maneja la clase política no anima al optimismo. Los grandes problemas se hallan localizados y perfectamente delimitados en su perímetro más preciso, pero los costes a corto plazo son altos y los remedios, imperfectos. Aunque los siglos de retraso se abrevian con la educación –en célebre cita del escultor vasco Jorge Oteiza–, la escasa cultura y la falta de tradición burguesa siguen pesando en nuestra contra. Por ejemplo, cierto escapismo que esconde los errores y las dificultades bajo la sombra del paso del tiempo: el futuro ya nos ofrecerá una solución. El supuesto contrario también nos sirve: la peligrosa sobreactuación en materias de tipo moral o ideológico, a modo de cortinas de humo, para ocultar déficits mucho más concretos e inquietantes.

Hay, en todo caso, una serie de problemas que no admiten ya muchas más demoras. El envejecimiento demográfico es uno de ellos, con su enjambre de consecuencias: ¿cómo sostener las pensiones públicas con una pirámide poblacional invertida? ¿Cómo mejorar las políticas de bienestar, convirtiéndolas en palancas de igualdad y crecimiento económico cuando corremos el riesgo de que las pensiones monopolicen los presupuestos? ¿Y hasta qué punto no estamos ante un asunto que pende casi en exclusiva de los flujos migratorios? Muy conectado con este debate se encuentra la cuestión central de la productividad, que nos lleva a hablar del I+D, la competencia empresarial, la calidad del capital humano, el diseño –¿radial o no?– de las infraestructuras y la necesaria digitalización de la economía. Una mayor productividad garantiza salarios más altos, crecimiento del PIB y, por consiguiente, unas cuentas públicas más saneadas. España –aunque en realidad también la UE– se ha quedado muy atrás en las áreas frontera de conocimiento: inteligencia artificial, big data, biología sintética, baterías de litio, etc. Y no solo con relación a los Estados Unidos, sino también a China e, incluso en gran medida, al Reino Unido. De ahí la insistencia de la Comisión Europea en lanzar una apuesta por la economía verde, que puede ser una tabla de salvación para el continente. El paso de una energía fósil a otra basada en fuentes alternativas está llamado a convertirse en uno de los macrotemas del futuro. ¿Cómo tratar los plásticos del mar? ¿Lograremos, en un plazo relativamente breve de tiempo, sustituir los medios de transporte tradicionales por los eléctricos? ¿Y esa energía eléctrica contará con fuentes más limpias que las utilizadas hasta ahora? Alcanzar la vanguardia de la revolución verde es la gran apuesta europea para situarse de nuevo al frente de la innovación.

El envejecimiento, la productividad y el green deal son tres campos de reforma cruciales para nuestro futuro. No los únicos, entre otras razones porque están interconectados con los anteriores: la calidad de nuestra educación, la sostenibilidad fiscal, la reducción de la fractura social, la mayor competitividad de las empresas. Y haríamos mal si dejáramos de lado la urgencia de estas reformas a la espera de solucionar el conflicto territorial. Porque no es lo uno u lo otro, sino lo uno y lo otro.

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