02 de marzo de 2020
02.03.2020
las siete esquinas

Virus

01.03.2020 | 19:38

Un virus es uno de los organismos más extraños que podamos imaginar. Sin la existencia de los virus, es muy probable que nunca hubiera habido vida evolucionada en este planeta, pero nadie sabe muy bien qué es un virus. Ante todo, no sabemos si un virus es un organismo vivo o muerto. De los siete criterios que determinan si un organismo está vivo, los virus solo cumplen a ciencia cierta con dos: se adaptan al entorno y poseen una mínima complejidad genética. En cambio, no crecen ni pueden mantenerse en un estado estable (homeostasis), de modo que están muertos según estos dos criterios. Y en cuanto a los tres criterios restantes, no está nada claro si están vivos o muertos. Para empezar, los virus carecen de células, que son la unidad básica de la vida, ya que no son nada más que partículas acelulares. ¿Pueden reproducirse? No, pero sí pueden replicarse, y para ello necesitan secuestrar las células de otros organismos, de modo que podría decirse que son organismos okupas. Además, los virus no crecen ni se desarrollan, pero sí mutan y se van replicando a partir del material genético invadido. En este sentido, el virus no crea su propia energía, sino que se la apropia del organismo okupado (el huésped). Es decir, que el virus ejerce una relación vampírica con los demás organismos. Y por último, no sabemos qué relación mantiene con los estímulos externos. ¿Interactúa o no con estos estímulos? Los científicos todavía no se han puesto de acuerdo.

Resumiendo, un virus sería un organismo que está vivo en un 25%, que está muerto en otro 25% y que en el 50% restante no se sabe si está vivo o muerto. Por lo tanto, sería una especie de zombie que carece de vida propia pero que actúa como si estuviera vivo. Y ese zombie parasita las células ajenas como si fuera un vampiro y se va replicando (y mutando) gracias a ellas, hasta que se convierte en una criatura que actúa como un caprichoso androide mutante. Y lo que es peor, esa criatura mutante puede acabar convirtiéndose en un ser tan dañino e impredecible como el monstruo xenomorfo de Alien. Estoy exagerando, por supuesto, pero que una criatura que carece de células pueda comportarse como un extraño zombie que actúa como un vampiro y que al final se puede transformar en un monstruo mutante es una creación fascinante de la naturaleza. Por eso mismo hay científicos que sostienen que los virus son los organismos más perfectos que existen, mucho más que los homo sapiens. En vez de hacerse cada vez más complejos, los virus han evolucionado en sentido contrario hasta alcanzar la máxima –y letal– simplicidad.

En su condición de "muertos" (o más bien de "no vivos"), los virus no se pueden tratar con antibióticos, que solo sirven para eliminar organismos vivos como las bacterias. El único tratamiento eficaz contra los virus no consiste en "matarlos" (eso sería imposible porque no se puede matar a un ser que no está estrictamente "vivo"), sino en evitar que se propaguen y así vayan multiplicando la reacción en cadena del replicado. De ahí que el único tratamiento eficaz sean los fármacos retrovirales.

Sobre el origen de los virus tampoco hay nada claro. ¿Son anteriores a las bacterias, que poseen un genoma más complejo? ¿O en cambio son posteriores porque han evolucionado de distinta manera? No se sabe muy bien y hay teorías para todos los gustos. Algunos científicos creen que los virus fueron el eslabón intermedio entre el primer microorganismo que logró perdurar y las formas celulares más evolucionadas, aunque eso tampoco está nada claro. Por lo que parece –y eso sí está más claro–, los virus y las bacterias tienen un antecesor común, una célula autorreplicante que apareció –la cifra marea– hace unos 3.500 millones de años. Todo lo demás es el misterio de la aparición de la vida terrestre. Eso que Parménides, en sus fragmentos del Poema del ser, describía con una frase –o un verso– no menos misterioso: "Noctiluciente, en torno a la tierra, errante, ajena luz". Un virus, quizá.

Es curioso que nos guste imaginar criaturas extremadamente singulares –los hipogrifos, los orcos, los centauros, los elfos, las hadas, las sirenas, los ewoks, el monstruo de Alien–, sin caer en la cuenta de que la criatura más inexplicable que podamos imaginar lleva aquí, entre nosotros, desde el principio de los tiempos: ni viva ni muerta, ni zombie ni vampiro (aunque todo a la vez), invisible y mutante y desconocida, noctiluciente, errante, ajena luz.

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