11 de marzo de 2020
11.03.2020

Epidemia, tragedia y farsa

10.03.2020 | 20:50

Los chinos se saludan con los pies y los futbolistas se frotan los codos. A Murcia ha tardado más en llegar la epidemia por la falta de transporte. Leonor y Sofía, "cercadas" por el coronavirus en su propio colegio. El Gobierno soluciona el problema de las pensiones; ya no hace falta ley de eutanasia. Son titulares, declaraciones o chistes publicados los últimos días a cuenta del coronavirus. Da la sensación de que en torno a la epidemia se está montando un gran espectáculo macabro para entretenimiento general.

El miedo provoca una risa nerviosa y sardónica mezclada con reacciones instintivas de pánico. Somos capaces de agotar las mascarillas de las farmacias -por si acaso- sin pensar en las personas enfermas que de verdad las necesitan. Somos capaces de vaciar las estanterías del supermercado -por si acaso- sin darnos cuenta de que estamos dejando a otros sin provisiones. Somos capaces de cambiarnos de asiento, en el metro o en el autobús, porque el vecino carraspea. Y somos capaces, a la vez, de partirnos de risa.

Frank M. Snowden, profesor de Historia de la Medicina en Yale, asegura que la respuesta a las epidemias siempre ha provocado una combinación de tragedia y farsa. Solo de farsa puede calificarse esa extrema preocupación, en medio de la tragedia, porque no vamos a poder besar a los santos, porque peligran la Semana Santa o las Fallas, porque se suspenden partidos de fútbol, o porque igual tenemos que dejar de compartir el vaso de la sidra. Entre la histeria y la abulia, hay un término medio: la sensatez.

No hace falta recurrir a la peste, a la fiebre amarilla o la gripe española. Ya nos ocurrió lo mismo no hace tanto, con el ébola, la peste porcina, el mal de las vacas locas o, muy en especial, con el sida. Nos pusimos histéricos. Y eso no impidió que proliferaran bromas y chistes que hoy nos avergüenza hasta recordarlos..

El sida cambió el comportamiento de la sociedad occidental entera. Se extremaron los controles de las transfusiones de sangre, se modificaron los hábitos sexuales heredados del amor libre de los sesenta, se generalizó el uso de los preservativos y hasta los heroinómanos comenzaron a usar jeringuillas desechables.

El mencionado Snowden, que acaba de publicar el libro Epidemias y sociedad: De la peste negra a la actualidad, mantiene la teoría de que las epidemias han sido determinantes en el devenir de la historia, moldeando la política, sofocando o alentando revoluciones o desatando grandes crisis económicas.

Pero quizá la mayor aportación del estudio sea el intento de Snowden de explicar cómo determinadas estructuras sociales han permitido que las pandemias se expandan y florezcan. "Las enfermedades epidémicas -asegura- no son acontecimientos aleatorios que afligen a las sociedades de manera caprichosa y sin previo aviso. Por el contrario, cada sociedad produce sus propias vulnerabilidades específicas".

Nosotros debiéramos detectar cuáles son nuestras vulnerabilidades, por dónde se nos ha colado el virus. Ya sabemos que nuestros sistemas de información han resultado deficientes, que la prevención ha brillado por su ausencia, que la globalización ha desembocado en una crisis económica y humanitaria de consecuencias aún desconocidas. Y, sobre todo, deberíamos aprovechar -son palabras de Snowden- que las epidemias colocan a la sociedad ante un espejo y la hacen reflexionar sobre cuestiones tan trascendentales como la vida, la muerte, el dolor o las relaciones con los demás. Deberíamos, en suma, aprender algo más que a lavarnos las manos correctamente -ya saben, entre los dedos-, y a evitar otro chiste sobre Pilatos.

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