Mi psicoanalista y yo nos relacionamos ahora a través de Skype. En la última sesión presencial me dijo que no podía desinfectar el diván cada vez que saliera un paciente. En realidad, no lo ha desinfectado nunca, pese a las espaldas, a las nucas y a los culos que se acuestan en él. Los usuarios del mueble, por si fuera poco, no se quitan los zapatos y, debido a ello, el borde de la parte inferior tiene dos manchas negras permanentes. Un día, cuando estaba a punto de tumbarme, descubrí un pelo del usuario anterior que retiré con expresión de asco utilizando los dedos pulgar e índice a modo de pinza quirúrgica.

-¿Dónde le dejo esto? -pregunté.

-En la papelera -dijo ella.

Lo dejé caer en la papelera y luego, ya en posición horizontal, le sugerí que utilizara sábanas desechables de papel. Mi fisioterapeuta las utiliza para su camilla y resultan muy higiénicas.

-¿Le preocupa lo que le puedan contagiar los otros pacientes o el hecho de que tenga otros pacientes? -preguntó.

-No se desvíe del asunto -dije-. La limpieza no le viene mal a nadie.

-Pero usted ha dicho muchas veces que le habría gustado ser hijo único, ¿no?

-Sí.

-Y paciente único, por tanto, en la medida en que proyecta frecuentemente sobre mí la figura de su madre.

-Bueno, mi madre era muy limpia -dije.

-Entonces -dijo ella-, yo sería la madre sucia. Ahora ya tiene dos versiones de su madre. ¿Qué piensa hacer con ellas?

Al final siempre me acorrala, siempre se sale con la suya, siempre me deja sin palabras. A través del Skype, las cosas resultan más difíciles. Veo su cara grande, ocupando toda la pantalla y la mía, tamaño carné, en la esquina superior derecha, y no sé a cuál de ellas atender.

-Esto no funciona -le dije ayer.

-Yo creo que sí -dijo ella-. El hecho de que usted crea que no funciona ya da para pensar.

Interrumpí la sesión fingiendo que era un fallo del sistema.