27 de marzo de 2020
27.03.2020
La Opinión de A Coruña
lo que hay que oír

Repudio del pícaro vírico

26.03.2020 | 22:30

Vamos a aclarar conceptos. Un pícaro es un listo, un espabilado. Pero puede ser también un tramposo, un desvergonzado, alguien que hace daño gordo con malicia. Este segundo tipo de pícaro es al que llamo "pícaro vírico" y al que detesto. Es un estafador, un embustero. Carece de vergüenza, pues ni le turba el ánimo la conciencia de alguna falta cometida, o alguna acción deshonrosa y humillante, ni tiene en estima su propia honra o dignidad. Es justo el antónimo del solidario honorable, del que se adhiere o asocia a una causa que procura el bien común. Veamos cómo nos ilustra la literatura española al respecto, tan rica en pícaros.

En un capítulo del Lazarillo de Tormes, al ciego y a Lázaro les regala un racimo de uvas un vendimiador. Desconfiado como era, el amo propone al pícaro: "Tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño". Pero enseguida el ciego "comenzó a tomar de dos en dos". Y al ver "que él quebraba la postura", nuestro protagonista empezó a manducar de tres en tres las uvas. El viejo sentenció: "Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres". El chaval niega y pide pruebas. "Respondió el sagacísimo ciego: ¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas". He aquí dos listos, dos espabilados que se hacen mutua trampa, pero sin causar mayor daño, solo movidos por el hambre. El segundo caso literario nos lo da El buscón de Quevedo. El prota don Pablos lampa por comer alguna de las gallinas que su hospedera criaba en el corral. Un día la oye llamarlas: "Pío, pío". Entonces ejecuta su plan nuestro pícaro: comienza "a dar voces" y amenaza con "dar parte a la Inquisición". El ama, aterrorizada, ni sabe qué pecado ha cometido. El pícaro se lo explica: "¿No os acordáis que dijisteis a los pollos pío, pío? ¿Y es Pío nombre de los papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia?". Por lo tanto, "será necesario que esos dos pollos que comieron llamándoles con el santísimo nombre de los pontífices me los deis" para quemarlos, dice. La mujer pica y Pablos se da un banquete. El listo, el espabilado tampoco aquí causa gran daño con su treta: el hambre lo mueve. Y voy con el tercer ejemplo, con el Quijote. Para que su enamorada Quiteria no se case con el rico Camacho, finge Basilio un suicidio clavándose presuntamente una daga en el pecho. Pide al cura presente, como última voluntad, que lo case con su Quiteria in articulo mortis. Nada más echarle el sacerdote la bendición -válida a todos los efectos- Basilio "se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque no por la carne y costillas, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien acomodado tenía". Cuando los circunstantes gritan "¡Milagro, milagro!", el recién desposado les replica: "¡No 'milagro, milagro', sino industria, industria!" Tampoco hay aquí catástrofe alguna; al contrario, el amor triunfa.

Díganme ahora. ¿Qué tipo de pícaro de los dos señalados al principio es el energúmeno que burla las restricciones de confinamiento por el coronavirus y sale a echarse un porrito al parque o a un bareto, a darse una vueltecita en bici, a urdir trampa tras trampa para cumplir su egoísta, insolidaria y canalla voluntad poniéndonos a todos en peligro flagrante de contagio, importándole un bledo quienes se parten el eje currando para que esta pandemia pare, prolongando la amenaza de más ERTE, burlándose de quienes permanecemos recluidos? Ni es listo, ni espabilado. Es un energúmeno, egoísta, insolidario y canalla vírico, ni un pícaro siquiera. Ostracismo social para él cuando vuelva a salir el sol.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook