20 de mayo de 2020
20.05.2020
La Opinión de A Coruña
Shikamoo, construir en positivo

La coherencia y el CO2

20.05.2020 | 01:32
La coherencia y el CO2

Qué tal les va? Nos hemos despistado un poco y... estamos ya en un tiempo realmente de verano. O, al menos, en estos días, ¿no? De acuerdo que por la noche refresca un poco, pero ¡faltaría más! Ya se sabe que la primavera es la estación de los grandes contrastes entre el día y la noche y a mí, como ya supondrán a poco que me conozcan, casi me alegra tal profunda diferencia de temperatura. Y es que cuando aprieta el calor de noche, es verdaderamente difícil hasta conciliar el sueño.

En fin, aquí seguimos, asistiendo al desarrollo de una realidad diferente, pero donde hay elementos que se van normalizando poco a poco. Ojalá sigamos así. Y en esa vuelta a lo habitual, con todas las precauciones y cuidados posibles, cada semana van reapareciendo nuevas actividades hasta ahora restringidas o, directamente, prohibidas durante las últimas semanas. Sobre una concreta, que se practica desde antaño, y que vuelve ahora, tras un inevitable parón, quería hablarles...

Recapitulemos un poco... El Diario Oficial de Galicia del 15 de marzo publicaba la orden del Centro de Coordinación Operativa de la emergencia sanitaria, por la cual se suspendían las queimas en terreno rústico, y se revocaban los permisos ya concedidos a tal efecto. La lógica de todo ello, fácilmente comprensible, era minimizar posibles situaciones de riesgo para los ciudadanos, con la posibilidad de que esto llevase a desplazamientos no deseados, que podrían comprometer las medidas tomadas en relación con la situación de emergencia sanitaria. Y ya con una situación mucho mejor que la de entonces, el mismo DOG, en su edición del 8 de mayo, autorizaba las mismas a partir del pasado 11 de mayo. Todo ello muy razonable. Como les contaba, las queimas han vuelto. Sin embargo, les contaré que soy de los que piensan que las mismas, habilitados los mecanismos alternativos oportunos, deberían ir tendiendo a la baja... Dedicaré el resto de la columna, con su permiso, a contarles por qué.

Cualquier organismo verde, como saben, dedica buena parte de su vida a tomar dióxido de carbono de la atmósfera y convertirlo en oxígeno. Es la fotosíntesis, en la que el carbono queda absorbido por la planta, después de su reducción a partir del CO2. Y no es un proceso en absoluto irrelevante. Tomen nota, cada año los organismos fotosintetizadores fijan en forma de materia orgánica en torno a cien mil millones de toneladas de carbono. Así las cosas, es bien cierto que los organismos verdes, las plantas de todo tipo, son nuestros mejores aliados en la reducción de las emisiones de este gas, y del consiguiente efecto invernadero por él provocado, cuyas consecuencias son ya evidentes.

Quemar las plantas es oxidarlas violentamente, de forma que el carbono presente en las mismas se combina con el oxígeno del aire y, de nuevo en forma de dióxido de carbono, se emite a la atmósfera. Buena parte del CO2 que la planta se ha afanado en retirar de la misma durante su ciclo vital la devolvemos a ella, en unos pocos minutos, igual que cuando quemamos carbón, petróleo o cualquiera de sus derivados, combustibles fósiles que también contienen carbono un día fijado por plantas. Si utilizan unos conocimientos básicos de estequiometría, un par de consideraciones más sobre el rendimiento de tal reacción, y se acuerdan de la ecuación fundamental del gas ideal, podrán estimar fácilmente cuál es el efecto concreto de su queima, de una forma aproximada. Y el resultado conjunto, medido en litros de CO2... ¡mete miedo!

Es por eso que yo no quemo nunca los rastrojos de mi pequeño jardín. "El chocolate del loro", me dirá alguno de ustedes con razón. Es verdad. Pero la coherencia -aunque no siempre es posible- es lo que ilumina tal actitud. Si soy capaz de trocear los residuos e incorporarlos al compost, mejor que mejor. O enterrarlos, por qué no, y dejar que la tierra y el tiempo hagan lo propio y así enriquezcan el suelo. Pero quemarlos implica la liberación de todo ese dióxido de carbono. Una minucia, comparado con lo que emiten las grandes industrias, el movimiento de aviones o de barcos a nivel internacional u otros grandes contaminantes. Pero... nada empezó a hacerse bien si no fue a partir de pequeños gestos, a veces con poco valor más que el sentimental.

Las explotaciones agrícolas padecen tal problema en dimensión superlativa. Pero ya hay muy buenos ejemplos, bien contrastados y puestos en práctica, de cómo se puede aprovechar toda esa biomasa sin quemarla, yendo por otros derroteros mucho más saludables para el medio ambiente. A veces más complejos, claro, pero sobre los que podemos trabajar, y donde se genera valor añadido. Pero creo que no todo es cuestión de escala, y pienso que lo relatado es bueno también aplicarlo al más pequeño jardín. Si le gustan a usted estos argumentos y se apunta, este año no queme, aunque las queimas ya estén administrativamente autorizadas. Hágalo de otra forma, de manera que ese carbono atrapado por unas humildes plantas no vuelva a la atmósfera, y se quede siempre como un sólido entre nosotros, quizá formando parte de su suelo o, a lo mejor, contribuyendo a alimentar a sus nuevas plantas. Ya me contará...

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