Suelo contar a quien me lo pide cuál es para mí nuestra conexión más estrecha con la Naturaleza, con el Universo en el que estamos absolutamente inmersos, de la cabeza a los pies. Y es que tal vínculo conforma el más íntimo cordón umbilical con el resto de criaturas animadas, por un lado, pero también con la parte inerte de nuestro mundo. Todo, de alguna manera, participa de la misma materia, del mismo barro. Y ahí surge la magia, a la luz de la ciencia...

Si les soy sincero, también cuento esto a quien no me lo pide, como es el caso de alumnos de Bachillerato a quien un día, hablando por ejemplo del átomo, de los atomistas o de la física cuántica, amplío también el foco a estas importantes cuestiones. Y, ¿saben?, creo que es algo que no acaba de parecerles mal. Es que, de verdad, es bonito... Y a ustedes se lo cuento este 11 del 11, después de que en 2006 falleciese en este día mi padre, ávido de ciencia, y en 2007 Manolo, otra de las personas más referentes de mi vida.

Miren, yo soy dueño de mis moléculas, o por lo menos de parte de ellas, fabricadas a partir de las reglas genéticas escritas indeleblemente en mi ADN. En la síntesis de proteínas, así, cada uno introduce su impronta en la fabricación de cada uno de los aminoácidos que, a la vez las constituyen. Pero, a la vez, los átomos de los que estos están formados no me pertenecen. Sí, de acuerdo con que en este momento yo tengo el usufructo, pero los mismos toman parte en montones de reacciones químicas que les llevarán de una sustancia a otra, cumpliendo los postulados de Lavoisier de la conservación de la masa.

Así, quizá un átomo de oxígeno de una molécula de agua dentro de uno de mis tejidos mañana sea parte de otra molécula de agua en cualquier regato de por aquí, o con otro forme con carbono una molécula de dióxido de carbono de las que usted exhala o, quizá, forme parte del azúcar de cualquier manzana de uno de los árboles que, cargados de ellas, nos adornan la vista y el gusto. Quién sabe. Los átomos no se crean ni se destruyen, salvo en los procesos físicos relativos a reacciones nucleares, o también a procesos físicos en los cuales masa y energía se confunden. Pero en la Química ordinaria no, y el oxígeno, el flúor, el hierro o el potasio, por ejemplo, seguirán siendo tales sustancias independientemente de aquello de lo que macroscópicamente formen parte. Nuestros átomos, así, se reconvertirán en otras muchas realidades, sin contar con que, cuando nacemos, vienen ya tocados por una historia verdaderamente única, de la que no conservan ni memoria ni filiación.

En una Naturaleza que aspira a la mínima energía y a la máxima entropía -desorden- nuestro propio hecho de existir es una heroica combinación de factores abocados siempre a un más o menos cercano o lejano fracaso. Todo aquello de lo que estamos hechos es alimentado por una continua ingesta de nutrientes que trata de compensar, aportando energía, la tendencia en sentido contrario, a la mínima energía, marcada por la Naturaleza. Y el simple hecho de tener a todo nuestro yo organizado en tejidos, órganos, aparatos y sistemas, va también contra lo que reina en Gaia en ausencia de una fuerza en contra: el desorden. Así, lo natural es que todo se organice precisamente para que avancemos en desorganización, al tiempo que la energía se minimiza. Es ley de vida.

La máxima expresión de todo ello acontece con la muerte, con la no vida. Ese es el momento en que los átomos que conforman las moléculas que constituyen las piezas básicas de las células de nuestros tejidos, órganos, aparatos y sistemas se liberan de la difícil tarea de estar organizados, y se preparan para transformaciones que les llevarán a ser otra cosa, a combinarse de nuevo y, quién sabe, a seguir por ahí su camino dentro de Gaia, de la Naturaleza, ese ser único y global de los que todos formamos parte. La vida, pues, es rendirse a que el desorden comience, que la energía pueda evolucionar a su mínima expresión y, así, volver a concursar en la tarea de ser Naturaleza absolutamente cambiante.

Cuando esto acontece cerca, a los que todavía quedamos por aquí tal realidad nos da una profunda bofetada. Quedamos noqueados, lastimados, tristes y quejumbrosos. Y no es para menos, porque nos pasamos la vida hilvanando nuestros sentimientos, en los que siempre están presentes los demás. Perder a alguien es, en sí, siempre un trauma difícil. Pero si uno entiende que los átomos implicados en ello son parte de ese todo, muy por encima de las convenciones de las que nos hemos dotado, o de las capas de la cebolla que se superponen y que a veces se nos enseñan como lo más importante, se vislumbra una visión telúrica y hasta cosmológica que, aunque no mitiga la pena, al menos confiere algo de serenidad.

Algo de eso, queridos amigos, es lo que siento ahora. Mamá nos ha dejado este domingo, querida, acompañada, cuidada y feliz. Suavemente, como todo lo que ha hecho ella. Y yo sé que todos esos átomos que, organizados, tanto amor y hasta la vida me dieron, comienzan nuevas singladuras, como en realidad lo han estado haciendo parcialmente desde el minuto uno de su organización como ser vivo. Será a partir de ahora cuando se verifique esto de forma total y, entonces, los buenos recuerdos, los sentimientos y el amor serán lo más importante, que nos acompañarán hasta que, indefectiblemente, antes o después a todos nos vaya pasando lo mismo.

John Dalton, reescribiendo a Demócrito, ya sabía que el hierro de un plancha de chapa marina y el de una lenteja es exactamente el mismo. Eso es sugerente e ilusionante. Nosotros mismos, y nuestros átomos que vienen y van, somos parte del todo. Y, ¿qué es el todo? Bueno, ahí entra la cuestión, siempre personal, de la espiritualidad de cada uno, sea la que sea o no sea, complementaria y nada reñida con la ciencia. Ese es, no cabe duda, el misterio más grande y profundo del Universo.

A ti, mamá. Te queremos.