Vuelvo a saludarles. Fin de noviembre ya, como les vaticinaba en uno de los últimos textos que con ustedes compartía. Y, otro año más, nueva conmemoración en este 25-N de un día importante, dedicado a la violencia por cuestión de género. Y, mucho más en concreto, dedicado a la violencia específica contra la mujer. No es la única dentro de la violencia familiar, no, pero si nos fijamos en las estadísticas es, con mucho, la más importante en términos relativos y absolutos. Porque sí, a pesar de que a veces se mire para otro lado, o se pretenda relativizar esta lacra social de la violencia contra ellas, ser mujer es un factor de riesgo para que tu casa sea un infierno. O, directamente, una tumba de la que no saldrás. Ser mujer implica mayor probabilidad de morir violentamente. Y eso... hay que pararlo. Casos sobran cada año para no bajar la guardia ante ello.

Por eso no sobra este día. Ni mucho menos. Sigue siendo muy necesario, y más cuando vemos que el imaginario colectivo de los más jóvenes, nuestro futuro, a veces vuelve a caer, de la mano de algunos de sus iconos, en los mismos tics que implican que lo que un día quizá fue amor, o no, se convierta en una pesadilla. En obsesión. En la prohibición de relacionarse. En destrozar la autoestima. En la fractura de la persona, a partir del aislamiento y de la violencia física y psicológica. Todo ello se presenta a las nuevas generaciones a veces embebido en una música pegadiza, en un referente virtual con miles o millones de seguidores, o en atractivas propuestas de toda índole. Pero sigue siendo violencia, o apología de la misma. Y, ante el calvario que hoy sufren muchas mujeres, no ayuda. Por eso este día, como les decía al principio de este párrafo, es imprescindible. Sigue siéndolo.

La única herramienta que cambiará el mundo a medio y largo plazo es, una vez más, la educación. Antes se podrán seguir poniendo en práctica medidas coercitivas, ponérselo más difícil a los maltratadores, crear y mantener redes cada vez mejores de acogida y de denuncia, de seguimiento y de acompañamiento a las mujeres víctimas de esta violencia. Todo ello es indispensable e importantísimo, pero ligado al corto plazo. Al caso agudo de quien busca ayuda desde la desesperación. Pero en la tarea de buscar nuevos modos a largo plazo, nuevos paradigmas, nuevos valores y creencias, prácticas e ideas que nos ayuden a diseñar un mundo donde la violencia contra la mujer sea impensable, hay que entrar en el desmantelamiento de ideas de mucho tiempo, muy caladas en una parte muy diversa de esta sociedad, y eso solo se hace desde tal entorno. En la academia. En el aula. Como parte de un profundo y pensado proceso de aprendizaje. Y así, día a día, mes a mes, año a año, curso a curso, promoción tras promoción, generación tras generación, conseguir resultados irreversibles, en pro de la igualdad de oportunidades y de la desactivación de roles aprendidos a partir del machismo, la discriminación y la violencia de cualquier tipo. De la que atenta contra la autoestima, de la que fuerza situaciones no queridas o, en el rango más alto de abyección, de la que cercena todas las libertades, golpea y mata.

Esta no es una lucha de las mujeres. Es de cualquier persona de bien. Todos estamos llamados a cambiar el mundo, y en cuestión de violencia contra la mujer, también. Todos tenemos que aportar, bien desde la militancia, el activismo, la política, lo social o, también, desde nuestros pequeños actos cotidianos de cada día. Rezumando y derrochando coherencia y congruencia entre valores, ideales y acciones. Siendo nosotros mismos y, a la vez, permitiendo ser ellas mismas y ellos mismos a todos los que no somos yo. Dando la palabra, y también aportando a través de ella. Escuchando. Respetando. Queriendo. Aprendiendo de cada situación. Buscando la mejora continua. Pero, también, animando al cambio ante las situaciones injustas. Denunciando, si es preciso, ante realidades insostenibles donde víctimas en estado de shock no tienen ánimo ni fuerza para dar el paso. Teniendo claro el necesario horizonte de respeto desde donde debe edificarse cualquier atisbo de algo parecido a la convivencia... Ese es el reto, que todos y todas nos lo creamos, y obremos en consecuencia.

Mis respetos en este 25-N. A las víctimas. A una sociedad en marcha. A generaciones venideras, que han de saber leer en nuestro pasado colectivo para edificar un futuro realmente más inclusivo. A todos y cada uno de ustedes, cuando con sus actos, con sus gestos y con sus ideas van conformando un estado de opinión que no le da la más mínima opción al maltrato, de cualquier índole... Mis respetos, en este 25-N.

¡No a todo tipo de violencia contra la mujer!