El sol rebota en los vasos de cerveza, sobra el abrigo y bebemos a más que prudente distancia unos de otros, cinco amigos que comparten maldades. El encuentro es breve. Hoy en día todo el mundo tiene que irse a recoger a un niño del colegio, a teletrabajar o a comprar un chaquetón. Pasa un concejal, un agente de seguros, un antiguo gerente de teatro, un ateneísta y varios guiris. Cada uno a un ritmo vital. Hola. Hola, qué tal. A los guiris les gusta mucho pasearse por las ciudades No sé de dónde han salido, no se puede viajar mucho, tal vez lleven aquí mucho tiempo y ya tengan aprendido más español del que preveían cuando viajaron a matricularse en una academia de paredes amarillentas y sillas de colores, ¿soñarán ya en español? Una estatua vigila nuestro bebercio un poco sola hasta que llega un señor con pasmoso parecido a Butragueño que se hace un selfie y luego mira al cielo. Cuentan que la estatua se levanta de madrugada y sube a su casa natal a dormir mientras las palomas hacen guardia en la ventana oteando el pedestal que ha dejado libre para que no lo ocupe un mendigo al que luego cueste desalojar. Hay carteles que exhiben un menú del día. No sé muy bien si las lentejas están hechas para ser comidas los jueves o si es el jueves el que ha nacido como día ideal para almorzar lentejas. Las guarniciones se cobran aparte. La cerveza es el combustible del mediodía, que pone vigor a las piernas y aligera levemente las preocupaciones. Andar y contar. La calle que enfilo está animada. Tal vez más animada que mi alma. Veo cafetines, iglesias, hoteles, heladerías y echo de menos algún cartel de No se fía. No me fío yo de llegar a casa sin aliviar la vejiga. Canturreo para mis adentros para conjurar la urgencia. Me olvido de ella y en una plaza ignoro una llamada, no compro tabaco, aparto la idea de tomar otra caña y compro el pan. Ese momento de pellizcar la barra. Con cariño. Y llevarse un trozo, con su miga, a la boca. Aperitivo ambulante. Ciertas nubes. El objetivo de dar 10.000 pasos parece más cercano. Una chica tira de su perro, al que llama Mauricio. Hay tiempo aún de internarse en una librería. Leo tres solapas. Acaricio volúmenes. Veo que un dependiente está aburrido y para que su jornada tenga algo de emoción le pregunto por libros de logística ucraniana. En casa, tras el almuerzo, una lata de lentejas, claro, imagino al dependiente narrando a su pareja, almorzando sin guarnición, que un tipo raro ha pedido un libro de no sé qué de Ucrania o por ahí. Debería comprarme ya hoy un chaquetón.