Buenos e invernales días posnavideños. Nuevos bríos para afrontar retos distintos, pasada la Navidad y habiendo alcanzado los últimos días del año en curso. Días de balance y de expresión de los nuevos retos para la anualidad que se nos presenta, todo ello muy sesgado y lastrado este año por la situación sanitaria a raíz de la entrada en nuestras vidas de la infección por el SARS-CoV-2 y su enfermedad asociada, COVID-19. Días también de discursos de cierre y de apertura del año en todas las dimensiones y ámbitos de nuestra convivencia. Y, entre ellos, el correspondiente a la Jefatura del Estado. Si a ustedes les parece bien, en este texto nos ponemos con ello...

Miren, no vi el discurso del Rey en el día de Nochebuena. Nunca lo hago, quizá porque soy una persona poco audiovisual, eligiendo mejor la forma escrita de las cosas en vez de su recreación frente a la cámara. Sí, sé que en eso voy contra el signo de los tiempos, en que se consumen muchos contenidos audiovisuales frente a la contención de lo consumido en papel, pero me da igual. Prefiero, en el noventa y nueve por ciento de los casos, una novela o un ensayo que su adaptación al cine. Me gusta más leer, a mi ritmo y desarrollando en mi imaginación trama y caracterización de los personajes, que el hecho de que esto me venga dado ya de forma irreversible. Siempre ha sido así, en mi caso, y creo que no va a cambiar nunca. Y, en cuanto al análisis del discurso, me interesa mucho más leer, releer, pausar, reflexionar y volver a intentar entender el pleno sentido de una frase, que recibir el pack completo del contenido y su lectura, por más que esto también se pueda parar, pausar y repetir. Por eso no vi tal discurso, que me molesté en leer tranquilamente luego, desprovisto además del boato y puesta en escena propio de tal tipo de acontecimientos. Palabras desnudas, pues, para expresar ideas de una forma más neutra y centradas en el contenido.

Y, realizado tal ejercicio, se me ocurrió el título de este artículo. En realidad debería ser algo más largo, en la línea de un “no se pueden pedir peras al olmo”. Y es que pedirle a la institución monárquica que recapacite y recapitule sobre el propio devenir de tan alta magistratura del Estado no deja de ser un ejercicio imposible. Algunos dicen que lo esperaban del discurso del Rey. Yo no. Porque el cambio no puede venir de lo que es, precisamente, fruto del no cambio, de la estaticidad. Y, en tales circunstancias, o se agarra uno al “cambiar para que nada cambie” o, en un ejercicio de mayor sinceridad, ni se menta al cambio. No es posible. Y creo que eso es lo que ha pasado.

Miren, no seré yo quien base mi rechazo absoluto a la institución monárquica, desfasada e impropia de los tiempos que corren, a las presuntas irregularidades o conductas reprobables de su anterior titular. No. Ya hemos hablado muchas veces sobre esto, y en mi caso prefiero una visión mucho más ontológica, más basada en la debilidad de los propios cimientos de la cosa. Y es que, por mucho que se quiera revestir de democracia y de cercanía, una institución basada en la herencia de padres a hijos no lo es. Bien es verdad que hubo un tiempo donde los monarcas recibían tal carácter directamente de la divinidad, con la connivencia de quien se erigía como conector de la sociedad con sus dioses. Pero hoy no creo que sea así para alguien que tenga dedo y medio de frente. No. Hoy se quiere investir la lógica de la existencia monárquica de atributos tales como que es “lo mejor para el pueblo” o lo “más adecuado para tal menester”. Pero no, porque lo que ontológicamente no es justificable, no puede alcanzar tal consideración desde lo meramente práctico. El ejercicio de asimetría que implica que uno sea el primero —el princeps o príncipe— es, en sí, inmoral e inadecuado en tanto que no basado en ningún postulado de la razón. Si aún encima ponemos sobre la mesa el hecho de la transmisión paterno-filial, menos aún. Y es que ha habido en la historia completos idiotas cuyos hijos fueron brillantes, y viceversa. Que uno esté menos o más legitimado y dotado para el ejercicio de un liderazgo querido no se transmite, en absoluto, por medio del ADN.

Se quiere lastimar a todo el que plantee este tipo de cuestiones intentando llevar el asunto a la arena política, e identificando este discurso —que en mi caso tiene más de 25 años, también en los días de vino y rosas de la demoscopia en relación con la institución monárquica española— con determinadas opciones partidistas y partidarias. Craso error. Yo creo que somos muchas las personas que no militamos ni tenemos nada que ver con Unidas Podemos —y, en mi caso, con ninguna otra formación— y que consideramos insoportable la imposición de la monarquía como forma de jefatura de Estado, sin plantear otras posibilidades que, en último caso tendrán que ser ratificadas de alguna forma por el conjunto de la ciudadanía. Comprendo que algunas personas se asusten ante esto, visto el nivel medio de aquellos ciudadanos y ciudadanas que militan en las diferentes opciones políticas, su nivel de polarización y crispación y cómo están el resto de las instituciones por ellos ocupadas. Pero... en cualquier caso será mejor que esto, no ya por todo lo que ha sucedido y el descrédito continuo a que se ha sometido a la Corona desde dentro de ella, sino porque, en puridad, la misma es la expresión de la asimetría entre quienes debían ser pares, y nunca primeros, segundos o terceros... Supongo que, en otro escenario, se podría llegar a fórmulas para elegir personas de amplios consensos, sin derechos dinásticos colaterales, reemplazables y con méritos propios.