Semanas atrás, la primera ministra alemana, Angela Merkel, aparecía ante las cámaras de televisión de su país con contenida emoción, tratando de explicar a sus compatriotas que para muchos alemanes esta navidad podía ser la última. El último siglo de historia de Europa nos ha demostrado que de un jefe de gobierno alemán, lo último que se espera es que afloren las lágrimas, pero incluso para una nación que podría presumir (no lo hace) de haber luchado de forma más eficaz que sus vecinos contra la pandemia de coronavirus, el continente entero se conmovió con el sincero y desesperado llamamiento de Merkel a la responsabilidad de sus ciudadanos. Incluso en España, un territorio en el que el mayor de los dramas acaba convertido en chascarrillo y en carne de meme en menos tiempo del que Merkel saca el pañuelo, conmovió el discurso a la desesperada de la canciller. Nos hemos acostumbrado a que nuestro tiempo de duelo no exceda más allá del minuto de silencio.

Sabedor de esta particular querencia nuestra hacia la chanza, característica que forma parte tanto de lo malo como de lo bueno de nuestro país, el jefe de la oposición, Pablo Casado, recriminó a Pedro Sánchez en un debate en el Congreso que no se hubiera presentado ante los españoles como Angela Merkel lo había hecho ante los alemanes. La carga emocional de un discurso semejante habría durado aquí lo que tardan en refrescar las actualizaciones de Twitter. Y así llevamos nueve meses, con un Gobierno que espera a que actúe la oposición para decir lo contrario y una oposición que aguarda con la escopeta al Gobierno para rebatir cualquier medida que adopte, da igual la que sea. Mientras una parte de la sociedad contempla anonadada el espectáculo, otra persiste en caricaturizar el drama por alcanzar la gloria fútil de las redes sociales y otra más, la más afectada, entierra a sus seres queridos o pelea en una UCI de hospital por salvar la vida. Y un agravante: los médicos y enfermeros que acaban extenuados al acabar la jornada tratando de salvar esas vidas terminan arrumbados en el debate social y opacados por un enconamiento político bochornoso.

Dirán que el anterior resumen es burdo, pero no anda lejos de definir la sociedad que se esconde tras las mascarillas. España acaba el año convertido en el país europeo con más muertes por habitante por coronavirus. Las cifras oficiales hablan de unos 45.000 fallecidos a mitad de diciembre, pero los registros civiles apuntan a que la realidad de la pandemia sitúa este número en 77.000, lo que equivale a un 26% más de muertes de las contabilizadas a finales de 2019. Estamos ya en 9.500 contagios diarios y las morgues reciben al acabar el día una media de 186 cadáveres atribuidos al COVID-19. No es solo una pandemia, es el virus del siglo.

Desde el pasado 14 de marzo, en que se declaró el primer estado de alarma, España vive en un ay, pendiente de una gestión a golpe de vaivén con un Fernando Simón a quien el Gobierno expone cada día para quemarse a lo bonzo y un primer partido de la oposición cuyo modelo es la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, una dirigente calamitosa y dañina para sus gobernados, que jamás debió haber entrado en política ni mucho menos ponerse al frente de una de las regiones más importantes de Europa, y cuyo modelo se empeña en exportar el Partido Popular a toda España en un ejemplo de irresponsabilidad que solo puede conducir al caos y que a la larga no solo ha provocado la relajación de una parte de la ciudadanía ante la epidemia, sino que ha contribuido a acelerar la propagación del virus y a anticipar la entrada de muchos ciudadanos en los cementerios.

Es inconcebible, verbigracia, que estemos debatiendo en serio el dilema entre salvar vidas o salvar la Navidad, entre salvar vidas o salvar la economía, entre salvar vidas o garantizarse el mejor posicionamiento para futuras citas electorales. Cualquier pero que se añada a la prioridad sanitaria desautoriza por completo la ecuación. No soy machista, pero; no soy racista, pero; no soy homófobo, pero. Lo importante es salvar vidas, pero.

El COVID ha puesto en primer plano un debate que parecía reservado a las instituciones y que ha saltado por fin a las conversaciones más habituales: sanidad pública frente a sanidad privada. La goleada de la primera ha sido muy evidente y debe servir para que los hospitales privados peleen en buena lid con los públicos tanto como para cuestionar el modelo liberal empeñado en dejar nuestra salud en manos de grandes empresas sostenidas con el dinero de las administraciones. La Constitución consagra la sanidad pública como un derecho universal y establece la actividad privada como elemento necesario en el marco de la libre competencia, pero cuando los defensores del liberalismo se han puesto a hacer lo primero surgen experimentos como la reciente inauguración de un hospital público en Madrid sin dotación de medios ni de personal, lo que evidencia que incluso cuando se trata de gestionar un pandemia con miles de vidas en juego, se piensa más en el relato y en la propaganda, en los juegos florales y en la apariencia, convirtiendo la administración del mayor problema sanitario en un siglo en una suerte de astracanada que no debe ser consentida ni mucho menos exportada.

Si, como se ha dicho, la regencia económica es compatible con la sanitaria, es incomprensible que desde el Gobierno se establezcan límites a determinadas actividades (los cines, los teatros, los conciertos) y se decrete la barra libre en otras (los viajes en transporte público, el acceso masivo a las áreas comerciales, las protestas en la calle sin apenas control de asistencia). Semejante galimatías genera agravios entre sectores profesionales, confusión y desconfianza en la dirección y un desapego inevitable hacia la clase política que abona el terreno a un populismo que, como se ha demostrado, no lleva más que a las excentricidades de Trump, el auge de la extrema derecha o a arrebatos de golpismo en grupos de WhatsApp.

España puede que sea un país de cuñados, pero también es un país de apañados, y es muy probable que vuelva a salir de esta crisis, y ahora hablo de la económica, como lo ha hecho de otras, a base de esfuerzo, sacrificio y mucha imaginación. Mucho de esto último va a ser más necesario en 2021 que en ninguna otra época reciente de nuestra historia. Para frustración de muchos, formamos un país que en el ámbito internacional se ha permitido pocas alegrías y que ha vadeado con no pocos complejos por los renglones de los libros de historia. En tiempos no tan lejanos, y por sorpresa, de repente nos dio por ganar a todo y a todos, y aquello fue producto de un trabajo previo que nunca debió concluir. Desterramos, por fin, aquel principio agorero del jugamos como nunca y perdimos como siempre. Nos toca ganar de nuevo. Nos va la vida en ello.