Vivimos momentos difíciles en los que nuestras libertades más elementales se están viendo coartadas de diferentes formas y en distintas etapas.

Conocer unas medidas tan variables como aparentemente caprichosas, según el Gobierno que rige cada lugar, se ha convertido en misión imposible; por lo que no hacer nada más que trabajar y encerrarse en casa, se ha transformado en la mejor opción para la mayor parte de una población que, exhausta, ve con impotencia como ellos mismos o alguno de los suyos se desangran por contagio o empobrecimiento.

Pero la peste que nos azota, está dejando tras de sí mucho más que muerte, temor a la enfermedad y pobreza.

El coronavirus le da la mano a la pandemia que representa la desatención a la que están siendo sometidos los enfermos de otras patologías.

Dolencias coronarias, cánceres de diagnóstico tardío o derrames cerebrales, están siendo descuidados porque el COVID-19 se ha ocupado de invadir todas las camas de unos hospitales que carecían de recursos humanos y logísticos para afrontar con éxito el terremoto sanitario que estamos viviendo.

Y, mientras la enfermedad que flota en la saliva de muchos y que contagia a todos, se controla y descontrola según la responsabilidad de cada cual o la permisividad de los contactos; los enfermos de otras dolencias, o no se atreven a acercarse a los centros sanitarios, o ven como sus problemas son aplazados por falta de unos medios que resultan insuficientes para mantener a raya la enfermedad que nació hace un año en China y que se expandió por el mundo como si de pólvora se tratase.

De seguir así, la pandemia que nos azota dejará muchos más muertos indirectos que aquellos a los que ha atacado de forma directa.

Porque un sinfín de enfermos de otras patologías también deberán ser contabilizados como muertos por un coronavirus que obligó a los hospitales a tener que elegir a quiénes curar primero. Y en esa elección, siempre ganarán los infectados con el único fin de trata de evitar una propagación sin precedentes en la era moderna que, día a día, nos encoge el corazón frente al televisor y convierte nuestras casas en cárceles que son en realidad fortalezas.