A Coruña y la mayoría del resto de Galicia afrontan, desde el pasado viernes, una nueva desescalada, la tercera en menos de un año. Tantas como olas de la pandemia del coronavirus hemos sufrido, y de qué modo, con muertes, destrucción de empleos y empresas, y separación de familia y amigos. La situación sanitaria, con la vacunación todavía en fase incipiente, hace imposible, según los expertos, salvar la Semana Santa. Avancemos en la salida de esta tragedia sin precipitaciones, de la mano del esfuerzo y el comportamiento ejemplar de todos, para no reincidir en los errores cometidos y pagar dolorosas facturas como las de la todavía reciente Navidad.

Las restricciones impuestas por la Xunta en enero, muy duras para la población y el empleo en Galicia, han demostrado cómo superar al virus mientras la vacunación no sea masiva entre los gallegos: mínima interacción y movilidad social. Las tres olas del coronavirus han evidenciado que, lamentablemente, solo así, con imposición de restricciones, se puede doblegar en menor tiempo la ya temida curva de contagios cuando está se desboca. Nosotros mismos, por iniciativa propia, no somos quiénes de contenerla.

En las dos desescaladas previas, advertimos desde estas mismas páginas de la necesidad de la concienciación individual para tener a raya al COVID-19. La primera respuesta, como sociedad, debe partir de cada uno de nosotros. La mayoría de la población cumple las normas a rajatabla: sale lo menos posible de casa, renuncia a ver a familiares y amigos, aplica las medidas de higiene, hace uso de la mascarilla...

Pero una insolidaria minoría hace justo lo contrario: se salta los cierres perimetrales con excusas peregrinas, monta reuniones cuando no se puede, incumple el toque de queda, lleva la mascarilla como barba (cuando la lleva). E incluso entre quienes cumplen hay los que se relajan justo en el momento más crítico, cuando se juntan con amigos o familiares. Desde el viernes, cuando se levantaron restricciones, lo estamos volviendo a ver. Ese, desde luego, no es el camino porque con un virus expansivo como el que combatimos, la actitud insolidaria de unos pocos basta para causar un daño mayúsculo.

Que la concienciación individual sea la primera barrera para contener el coronavirus no debe apartar el foco de la responsabilidad de los gobernantes, de quienes no se espera solo que aprueben restricciones cuando los datos de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos son dramáticos. Resultó descorazonador escuchar a la ministra de Turismo, Reyes Maroto, a finales de enero, en plena tercera ola, que confiaba en que en Semana Santa se dieran las condiciones para volver a viajar, insuflando esperanzas totalmente infundadas en la sociedad y el sector turístico. Tampoco la decisión del Gobierno gallego y de otros Ejecutivos autonómicos de aliviar las restricciones para propiciar los reencuentros en Navidad resultó acertada, como la tercera ola de enero ha evidenciado y como numerosos epidemiólogos y virólogos anticiparon antes de las fiestas.

La gestión de la pandemia no puede seguir siendo la estrategia del palo y la zanahoria. La realidad aún sigue siendo cruda y terrible, y como tal debe trasladarse así a la población sin generar a destiempo relajación y falsas esperanzas que propicien una equivocada desinhibición ante el virus.

Este viernes, el mismo día en que se levantaban restricciones, el jefe de Cuidados Intensivos del Hospital de A Coruña, David Freire, advertía en LA OPINIÓN: “Pensar que porque se relajan las limitaciones podemos hacer ya lo que nos dé la gana es un error. Si nos empezamos a juntar con toda la familia y a ir de un lado para otro, el virus se volverá a propagar con gran velocidad. Ya nos pasó en Navidad. No caigamos en lo mismo. Todavía hay un número elevado de pacientes con COVID en las unidades de críticos de nuestro hospital. Que se descontrolasen los contagios y hubiese una cuarta ola sobre la actual situación sería terrible”.

La Xunta ha tomado nota del error de Navidad y ha articulado una desescalada gradual y diferente en función de la situación sanitaria de cada concello, revisable tanto si empeora como si mejora. Y lo ha hecho lanzando una seria advertencia a los gallegos: prudencia en la desescalada, el objetivo es no volver atrás de nuevo. Seamos conscientes de que, de lo contrario, los expertos no descartan la irrupción de una cuarta ola igual de virulenta que la que estamos dejando atrás.

Junto a la preocupación sanitaria, surge la económica, con miles de trabajadores y empresas bajo la picota de los cierres temporales y la repercusión de las restricciones en sus negocios. Por eso es vital que tanto el Gobierno como la Xunta concreten y agilicen sus ayudas. De nada sirve anunciar unos genéricos 11.000 millones de euros en el Congreso, como ha hecho el presidente Pedro Sánchez esta semana, si el discurso no va acompañado de una explicación concreta de cómo y cuánto se repartirán, por la que todavía esperamos a esta hora. También en A Coruña, el Gobierno local prepara la segunda fase del Plan de Reactivación Económica y Social, que el Ayuntamiento impulsó el pasado año. Todas las aportaciones son pocas porque el impacto de esta crisis es colosal. No solo para la hostelería, el comercio, la cultura,... No hay sector, salvo contadas excepciones, que no haya salido damnificado de un modo u otro.

La nueva desescalada que ahora comenzamos es un reto colectivo que exige el compromiso de cada uno de nosotros. Administraciones y ciudadanos debemos poner todo de nuestra parte para que la tercera ola sea la última. Por el bien de nuestra salud y de nuestra economía, y para recuperar cuanto antes la verdadera normalidad.