Cuentan las crónicas que en la Guardia Civil de Tráfico andan preocupados por las cifras del pasado fin de semana en cuanto a conductores positivos en alcohol y drogas en diferentes controles establecidos por agentes de la Agrupación en las carreteras gallegas. Y sí, no es para menos, teniendo en cuenta que en solamente dos días, según dicen, alcanzaron los números que habitualmente se corresponden con una semana entera. Han sido 185 casos los detectados, lo que nos lleva a preguntarnos cuántos serán entonces los conductores al volante bajo el influjo de sustancias prohibidas y muy peligrosas al volante y que, lamentablemente, no se cruzaron con un control en su camino ¿Cuántos hombres y mujeres habría en realidad poniéndonos en peligro a todos con su suicida y potencialmente asesina decisión de conducir habiendo consumido psicotrópicos o con unas copas de más?

Entro al trapo y, en esto, creo que hay que romper la baraja de una vez, porque estoy harto de reflexionar sobre ello... Vivimos en una sociedad cada vez más irresponsable, donde algunos, perros verdes, tratamos de aleccionar a otros, no pocos, sobre las virtudes de una cierta prudencia en nuestros actos, sobre todo en los que pueden tener consecuencias, a veces verdaderamente graves e irreversibles, sobre las vidas de terceros. Pero, realmente, cada vez más constato que vivimos insertos en un grupo humano plagado de irresponsables. De personas al margen de cualquier lógica causa-efecto, en un pernicioso modo de vida cuyas consecuencias tanto se pueden aplicar a la seguridad del tráfico rodado o al impacto del coronavirus. Personas que hacen lo que les da la gana, en cualquier momento y en cualquier lugar. Personas cuyas víctimas podemos ser cualquiera de nosotros, por muy cuidadosos que seamos.

Y, para mí, parte de que esto no se erradique tiene que ver con un cierto grado de tibieza. Por una parte, la de una legalidad que permite con bastante holgura una cierta impunidad en tales conductas irresponsables. Estoy de acuerdo en que, de un tiempo a esta parte, las sanciones por alcoholemia y otras circunstancias de tal índole se han endurecido, alcanzando incluso a partir de ciertos niveles el nivel de delito. Pero, por lo que se ve, esto no llega. Porque casos sigue habiendo, y muchos.

Creo que hay un segundo nivel de tal tibieza, relacionado con el hecho de que la sociedad siga viendo con buenos ojos, casi como un camino iniciático, el consumo desmesurado de alcohol. Algo ligado a ocio y a valores como el tiempo libre o la actividad social. Y yo me pregunto... ¿qué tendrá que ver todo ello? Pues que forma parte de un paradigma, que es posible y necesario cambiar. Beber no te hace más interesante, ni más guapo, ni más atractivo, ni más moderno, ni tampoco más joven. Beber es un problema, antes que una oportunidad.

Soy de los que creen que si una persona bebe o consume drogas y coge el coche, debería recibir un castigo ejemplar si se le detecta. Para empezar, que no pueda conducir en una buena temporada. Y, además, que el impacto pecuniario de todo ello haga que se lo piense tres, cuatro o cinco veces la próxima vez, visto que muchos no aprenden de otra manera. Algo realmente ejemplar y ejemplarizante, que sentase cátedra en el entorno de tal infractor y en el conjunto de la sociedad, para que dicho efecto disuasorio cunda efecto, y se extienda a otros potenciales infractores. Y es que, si se bebe, no se debe conducir bajo ningún concepto. Porque no se trata de que tú dirimas si en tales circunstancias “controlas” o no. Es que la ciencia, tan ninguneada tantas veces, te asegura que tu tiempo de respuesta en semejantes circunstancias se dilata sobremanera, propiciando la fatalidad.

Yo siempre explico en clases que el metanol, alcohol metílico o de quemar, es directamente veneno. Y que el etanol o alcohol etílico, el alcohol de las bebidas alcohólicas, es también nocivo, pero de forma más lenta y sutil. Evidentemente hay que discernir, y obrar con cierto criterio. Un buen vino a la comida, en cantidad moderada, es alimento y nutritivo, al igual que una cerveza de calidad. Pero ya en los destilados y en las altas graduaciones, se producen determinados efectos en el organismo nada convenientes. Aún así, en cantidades moderadas y de forma excepcional, un individuo sano podrá decidir consumirlos, con cuidado y sabiendo los riesgos asociados a su consumo. Pero nunca, y nunca quiere decir en ninguna ocasión, podrá hacerse esto para después ponerse a ejecutar acciones peligrosas y que requerirán toda nuestra concentración y capacidad, como es el caso de la carretera. Conducir después de haber bebido implica tomar una decisión consciente que puede terminar en sufrimiento y muerte. Y, en ese sentido, creo que habría que ser más tajantes en la persecución de tales conductas, visto que hay personas que solamente con la tutela por parte de otros y un elemento punitivo pueden modificar sus comportamientos. Es triste pero, por lo que se ve, no hay más leña que la que arde ni más tela que cortar.

Dicen los agentes de la Guardia Civil que reforzarán los controles. Ojalá. Ojalá retiren de la carretera, por el mayor tiempo posible, a personas que se ve que han crecido física pero no mentalmente, y cuyos poco pensados actos nos hacen daño a todos, al conjunto de la sociedad. Porque alcohol y drogas, dañinos en sí mismos, son especialmente crueles y hasta asquerosos cuando se mezclan con una actividad que requiere finura en los sentidos, exquisitez en los gestos, previsión en las acciones y frialdad, templanza y sobriedad en la actuación. Y sí, esa actividad es la conducción de una máquina que puede matar. Un automóvil.