¿Sabían ustedes que quedan quince días para que comience oficialmente la primavera? Pues así es, afirmo al tiempo que les doy los buenos días en esta nueva edición del periódico. Quince días ya para superar el Rubicón que separa la frontera entre los días más fríos y cortos del año y una nueva explosión de luz y color. Pero, claro, esto es oficialmente, porque, si se dan una vuelta por los campos, parece que esta hubiese comenzado ya. Las flores tapizan las copas de algunos árboles todavía desnudos de hoja, como los ciruelos. Los perales están a punto de reventar, cargados de potenciales píldoras de color, que verán la luz muy pronto. Y, por doquier, las margaritas y prímulas de todos los colores nos indican que algo ya está en marcha. Huele a verano en los atardeceres de los días más cálidos. Y la Naturaleza, ganadas horas de luz minuto a minuto cada día, ya tiene otro cariz cuando se le contempla con deleite y calma...

Y, en medio de toda esta tesitura de cambio estacional, las citas que nos vamos encontrando cada año, cada mes, cada semana... Hoy es 6 de marzo y, si nada ocurre antes, el lunes se verificará un nuevo encuentro con una jornada cargada de simbolismo y fuerza. Porque el 8 de marzo, lunes, vuelve a ser el Día Internacional de la Mujer, auspiciado por Naciones Unidas. Originalmente denominado Día Internacional de la Mujer Trabajadora, hoy por hoy ha adquirido visos de integralidad, sirviéndonos esta jornada para reflexionar sobre el papel y la situación de la mujer en el mundo de forma holística, mucho más allá de los aspectos laborales. Es un día de homenaje, de reivindicación y, como no, también de reconocimiento a tantas mujeres y hombres que han propiciado un paradigma mejor para las mujeres.

Pero no nos engañemos. Ser mujer sigue siendo un factor para ser más vulnerable. Para ser más pobre. Para sufrir discriminación y para tener más dificultades en todos los ámbitos. No quiere decir esto que todas las mujeres lo sufran o lo hayan sufrido, y yo mismo he trabajado con mujeres en las más altas cotas de la función directiva, en diferentes ámbitos, de las que dependíamos mujeres y hombres. Pero ya saben cómo son las cosas de la estadística y, sí, si una es hoy mujer sigue teniendo más dificultades, en media, para romper ciertos techos de cristal o para alcanzar ciertos logros profesionales o personales. No por cuestiones inherentes a tal persona, claro, sino por las circunstancias externas y por determinados prejuicios y malas prácticas aún presentes en la sociedad.

Si nos vamos a determinados contextos, mucho peor. Tuve ocasión de conocer “in situ” a mujeres de movimientos indígenas en Latinoamérica o África, a verdaderos motores de desarrollo surgidos desde la óptica, el cerebro y las manos de grupos de mujeres implicados en el progreso de sus sociedades, y les aseguro que todos ellos cosecharon al principio el desdén, la indolencia o las trabas surgidos desde la sociedad en general o, más concretamente, desde el poder dominante, en manos de hombres, o de sus propios maridos. Pero el influjo de lo bueno termina haciendo mella en cualquier barrera, y tales movimientos —que de alguna manera ya eran exitosos cuando yo los conocí— fueron capaces de salir adelante, transformando muchas veces de forma muy relevante la vida en sus comunidades. Lógicamente, falta saber cuántas de esas iniciativas, en manos de mujeres, se quedaron por el camino. Aplastadas, ninguneadas o truncadas por quien no tuvo ningún miramiento en ello.

Sí, las mujeres viven en el mundo, en general, peor. Y sus oportunidades están todavía muy supeditadas a las de sus hermanos varones. Por eso creo que sigue teniendo plena vigencia la decisión de Naciones Unidas, en 1972, de declarar al año 1975 como Año Internacional de la Mujer, así como de institucionalizar un día al año para reivindicar su causa. Este año 2021, en el que todas las necesidades y causas sociales se han agudizado por el enorme impacto de la pandemia vigente, aún es mucho más necesaria tal visión, debido al rol crítico e importantísimo de la mujer en esta crisis, así como por el incremento de su vulnerabilidad. Porque, en palabras de Naciones Unidas, “Las mujeres se encuentran en la primera línea de la crisis de la Covid-19 como trabajadoras de la salud, cuidadoras, innovadoras y organizadoras comunitarias. También se encuentran entre las y los líderes nacionales más ejemplares y eficaces en la lucha contra la pandemia. La crisis ha puesto de relieve tanto la importancia fundamental de las contribuciones de las mujeres como las cargas desproporcionadas que soportan.” (sic)

Queda todo dicho. Con cierta antelación, feliz 8 de marzo a todas las personas comprometidas en esta causa. Sigamos caminando en pro de una igualdad efectiva de derechos y oportunidades de mujeres y hombres. Es todavía, a pesar de los avances, una asignatura claramente pendiente.