13 de mayo ya, amigos y amigas. Se podrá poner el tiempo más primaveral, o más invernal, pero el implacable ritmo del calendario es el que es, y aquí las horas, los días, las semanas y los meses van desfilando a ritmo de chachachá… Y es que, a poco que nos despistamos, el tiempo se nos escapa de las manos… Ahí seguimos, pese a todo. ¿Todo bien? A usted, ¿qué tal le va?

El caso es que estos tiempos difíciles siguen su curso, salpimentados de todo tipo de casuística, para divertimento de unos, pasotismo de otros y molicie casi generalizada… Sí, el tiempo fluye y se va, y es lo único que tenemos, pero una visión un tanto distorsionada del Carpe Diem puede dar al traste con todo y con todos, vía recrudecimiento de la situación sanitaria. Porque, entendiendo que el concepto del disfrute es diferente para cada ser humano, la respuesta a la levedad del ser no puede ser, como dicen algunos, tomar cañas en terrazas como máximo anhelo y velas vir… Supongo que, así, haciendo lo mismo, no podemos esperar resultados diferentes a los ya cosechados en momentos anteriores.

Pero ya ven, una buena parte de nuestros conciudadanos y conciudadanas, no sé si jaleados por el triunfalismo o la necedad de algunos de los y las referentes en política, se han lanzado al estrellato de la fiesta y de la noche. Como si nada pasase, se celebró el fin del estado de alarma —término de una situación administrativa, sin más—, como si fuese el Año Nuevo. Y ya saben qué recogeremos de tal siembra: no es que esto implique la posibilidad de que, como consecuencia, vayan a subir los contagios de la enfermedad COVID-19, causada por el virus SARS-CoV-2. No. Es que van a subir. Es una certeza. Ahora la única duda es cuántas vidas humanas nos costará esto. Como les decía, y repito, no podemos pensar que las cosas, haciendo lo mismo, evolucionarán en muy diferente manera. Ni hacerlo en clave de ese tan dañino, por inconsciente, “Malo será”.

Una todavía muy contenida y presunta inmunidad de una parte de la población, al fin y al cabo, es lo único distinto respecto a situaciones anteriores, que se resolvieron con dureza y sufrimiento. Por lo demás, más de lo mismo. Primera ola y… ¡se había terminado! Segunda ola y… ¡Más de lo mismo! Tercera ola y… ¡alegría! Cuarta ola y… nada, ¡esto es cuestión de cien días! Pues de eso nada, desgraciadamente. El optimismo y los buenos deseos están muy bien, pero de eso ni se vive ni se come, y la estrategia en la eterna partida de ajedrez en la que están sumidos los profesionales de la política no debe ser la excusa ni el acicate para sumirnos a todos en una situación peligrosa. No. No tiene razón la ultraliberal presidenta del ejecutivo autonómico madrileño y su cacareado y torticero afán de libertad, y tampoco un presidente del Gobierno cuyo planteamiento se parece más a un “¡Yuju!” o al tal “Malo será” que a escuchar las voces autorizadas que claman por la necesidad de mucha más prudencia, amén de por la no extinción de un marco jurídico indispensable hoy para que, vista la escasa responsabilidad de algunos, las cosas no se desmanden.

Y es en tal marco en el que parte de la población española confunde el fin de una situación administrativa con el de una pandemia, el cual está todavía muy lejos. El virus sigue ahí, y él ni sabe de estados de alarma, ni de ninguna de las cuestiones relativas a nuestra organización ni, siquiera, a nuestra existencia. Él, en su muy escasa entidad, trata de reproducirse y hacer copias de sí mismo, cuantas más mejor, sin importarle ni conocer nada más. Incluso sin estar vivo, si tal definición incluye un conjunto de funciones metabólicas que un simple fragmento de ARN encapsulado no tiene. Pero dándonos la lata, complicándonos la vida y, a muchos, quitándosela.

Por eso no hay nada que celebrar, queridos amigos. Porque nada ha terminado. Es más, a lo que se ha dado carpetazo únicamente es a la posibilidad de articular medidas de contención de derechos fundamentales de forma ágil, para así evitar una mayor extensión de la enfermedad. Eso es lo único. Lo demás, la amenaza, el peligro, las precauciones y los riesgos siguen ahí. Y si alguien está cansado de todo eso, es su problema. ¿Qué les vamos a decir a los mayores, que en gran número han pasado una guerra, muchas dificultades, hambre y privaciones para llegar hasta aquí? Si nosotros tenemos que aguantarnos y seguir viviendo de forma más contenida, es lo que hay. Porque no creo que una solución al aburrimiento de algunos sea una estancia en una UCI ni para uno ni, por nuestra acción, para nadie. Y eso, tal y como está hoy el virus y como se va a desbocar, es muy posible aún. No bajemos la guardia. Esto no se ha terminado. Ojalá se pueda decir pronto lo contrario pero hoy, celebren lo que celebren algunos que aún se van a infectar y hasta a morir, aún nos queda mucho por cuidarnos y cuidar.