Basta pensar en uno mismo para saber lo que a cada cuál le ha cambiado la vida en los últimos diez años, pero sin necesidad de melodramas y con la perspectiva que nos concede el tiempo, va a ser cierta aquella aseveración de Alfonso Guerra (otra época, otros tiempos) de que a este país no lo reconoce ni la madre que lo parió.

Fue en 2011 cuando dejamos de fumar en los bares, los últimos meses del mandato de Zapatero, el terremoto de Lorca, la detención de Teddy Bautista y el destierro de Urdangarin como miembro de la Casa Real. Los indignados acampaban en las plazas de las grandes, medianas y pequeñas ciudades de España; Pablo Iglesias lucía coleta, era amigo de Errejón y reinaba el bipartidismo; Rajoy y Rubalcaba pugnaban por la presidencia del Gobierno y el Congreso de los Diputados era un hemiciclo bicolor adornado por los partidos nacionalistas de toda la vida, además de un experimento extraño llamado UPyD (Toni Cantó iba ya por su segundo partido y apuntaba maneras). El Barça ganó la Liga y la Champions y en la final contra el United volvió a marcar Messi. Un filme en catalán ganó el Goya en 2011 y El discurso del rey se alzó con el Oscar a la Mejor Película. Facebook tuvo su largometraje tres años después de su alumbramiento y Twitter era un espacio divertido y con un poco menos de odio. Faltaban cuatro años para que el perro Pecas y su community tuvieran una cuenta en la red y se gestara una carrera política que hoy sorprende en toda Europa. Vox ni siquiera existía y Cs (nacido Ciutadans) se había formado cinco años atrás; Albert Rivera no era más que un pipiolo que aspiraba a que el independentismo no cogiera aire en Cataluña, cuyos últimos dos lustros se estudiarán dentro de poco en los libros de texto. Malú obtuvo una nominación a los Grammy Latinos por su álbum “Guerra fría” y Pablo Alborán registró el disco más vendido en España aquel año. El PP obtuvo mayoría absoluta.

Los años se llevan por delante los hechos más y menos honorables, como a aquellas reivindicaciones utópicas del 15-M y a muchos de sus personajes, pero una década después continúan vivos los rescoldos de la hoguera descrita en el párrafo anterior. Salíamos de una crisis y nos metimos en otra causada por una pandemia. La primera se veía venir, no así la segunda, y sin embargo, y a pesar de la cifra dramática y terrible de muertos y contagiados, la resiliencia (otra palabra puesta de moda durante este decenio) ha propiciado una capacidad de resistencia que pocos creían posible. Y aunque más allá de Toni Cantó pueda pensarse que no queda en pie nada de aquel 2011 de utopías y sueños frustrados, la Historia es sabia porque así se escribe siempre, entre aluviones de acontecimientos y castillos de naipes dinamitados de entre los cuales se construye uno nuevo que marca el paso en la década siguiente.

De aquel 15 de mayo de 2011 me quedo con la arqueología ideológica excavada sobre las ideas del mayo francés, bajo los adoquines, la playa y sean realistas, pidan lo imposible. Uno de los libros de juventud que conservo con más cariño se titula “La imaginación al poder”, un breve panegírico de la primavera parisina del 68 que incluye la cronología de aquella semana rabiosa, un apasionante diálogo entre Sartre y Dani El Rojo, declaraciones diversas de Marcuse, documentos, manifiestos y mi parte preferida, un capítulo que lleva por título Las paredes hablan y que recoge todas las pintadas y frases inmortalizadas en las fachadas del Barrio Latino, la Sorbona y Nanterre. Algunas habrían tenido validez en las acampadas de la Puerta del Sol. “Dejemos el miedo al rojo para los animales con cuernos” (Sorbona); “¡El fascismo, al inodoro de la historia!“ (Nanterre); “Tenemos una izquierda prehistórica” (Ciencias Políticas). Las consignas no han variado mucho.

Se nos ha ido Pablo Iglesias. O por ser justos, lo ha echado Díaz Ayuso, la antigua tuitera de Pecas. Ha muerto Rubalcaba, Rajoy ya es historia, como Rivera, y el suegro de Urdangarin anda en el extrarradio de desiertos remotos y montañas lejanas. Malú ya no canta y Alborán sí, y después de un decenio sin bipartidismo, la política vuelve a tener el mismo tufo rancio de siempre. Se puede comulgar o no con las ideas del 15-M de la misma manera que en su día suscitó miedo y vértigo el Mayo del 68, pero a Iglesias, ya sin coleta, agradezcámosle, al menos, que despertara del letargo a este país, por más que luego se equivocara al pretender que un solo hombre era capaz de pilotar la revolución. Lo mismo vale para Ciudadanos, que despertó una conciencia ilusionante en el centro sociológico español que acabó en profunda decepción. De modo que los próximos diez años llevan camino de desandar lo andado, de vuelta a la vieja política con sus dos partidos mayoritarios y el nacionalismo mejor posicionado, sea el centralista o el de la banlieu. A pesar del panorama agorero, hay esperanza: los frutos de aquella revolución de los años 60 no maduraron hasta pasadas un par de décadas.

Es de esperar que algunas de las ideas apasionadas de aquellas acampadas que se levantaron en plazas de toda España contribuyan dentro de unos años al cambio a mejor del modelo social. En 1968, una pintada en el Grand Palais decía así: “Empleó tres semanas para anunciar en cinco minutos que iba a emprender en un mes lo que no pudo hacer en diez años”. No pocas de aquellas ideas fortalecen hoy nuestras democracias. El 15-M no fue un fracaso. Quizá dentro de unos años veamos hechas realidad algunas de sus reivindicaciones.