El incomprensible revoltijo informativo sobre las vacunas contra la COVID-19 (que si a unos nos ponen Pfizer y a otros Janssen, que si aquella la han prohibido en tal país o en tal comunidad autónoma, que si una es mejor que la otra y, el no va más: preguntarnos si preferimos esta o aquella, cuestión tan trascendental y democrática que los propios medios han llegado a hacer encuestas del tipo: “¿Te parece bien que a los vacunados con una dosis de tal les pongan una segunda de cual?, como si el lector informado, si es que queda alguno, tuviese la menor idea de lo que le están preguntando), y, en general, sobre todo lo relacionado con esta pandemia que, día tras día, nos vomitan desde cualquier medio o administración, sumado a las, por momentos hilarantes, noticias semanales sobre nuevas medidas, cambios en las restricciones y fluctuaciones horarias mareantes y descoordinadas, además del (nuevamente) vergonzoso comportamiento de los presidentes de la Comunidad de Madrid y Galicia oponiéndose a las medidas de desescalada establecidas desde el Gobierno (después de haberse pasado meses dando la turra, y crispando los nervios de los ciudadanos, exigiendo precisamente esto que ahora rechazan); en definitiva, todo este sin dios informativo y propagandístico, este ruido sensacionalista que ha envuelto desde el principio todo lo relacionado con la amenaza del virus y sus trágicas consecuencias para la salud, pero también para la economía de las personas (la de verdad, la de si no trabajo mañana, no podré pagar la calefacción ni el alquiler de este mes), quizá acabe pasándole algún tipo de factura (ojalá no tan mortífera como la eléctrica cuando regrese el invierno), a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. ¿Dejaremos de prestar esa atención enfermiza a las redes sociales y a toda la basura que vuelcan allí partidos políticos, marcas y particulares?, ¿valoraremos lo suficiente la increíble respuesta de nuestro sistema público de salud en esta crisis, la profesionalidad, la eficiencia y la empatía de todos sus trabajadores, más allá de aquellos teatrales aplausos de los meses inciertos del confinamiento?, ¿seremos capaces de defenderlo de quienes tratan de devaluarlo y allanar el terreno al goloso negocio de la salud?, ¿votaremos en consecuencia?

Decía el gran José Luis Sampedro que “para que haya democracia tiene que haber demócratas, y para que haya demócratas hay que tener libertad de pensamiento. De lo contrario, la libertad de expresión no tiene ningún valor, ya que solo estaríamos repitiendo aquello que nos han enseñado a decir”. ¿Seremos capaces algún día de dejar de repetir consignas?, ¿haremos el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y de exigir honradez intelectual (y de la otra) a nuestros gobernantes?

Quizá no. Quizá sigamos mirando siempre para otra parte, felices de que nos dejen volver a viajar y a tomar cañas hasta la madrugada. Quizá eso sea suficiente. Y saber mucho de vacunas, oiga, no vayan a tomarnos por tontos.

*Escritor