En su obra El tema de nuestro tiempo escribe Ortega y Gasset que todo ensayo filosófico atiende dos instancias: lo que las cosas son y lo que se ha pensado sobre ellas. Añade que ante lo que se ha pensado en otras épocas el pensamiento de una nueva época puede adoptar dos actitudes contrapuestas: hay unas en las que el pensamiento se considera a sí mismo como desarrollo de ideas germinadas anteriormente (épocas de filosofía pacífica) y otras en que sienten el inmediato pasado como algo que es urgente reformar desde su raíz (épocas de filosofía beligerante). Y concluye señalando el maestro de filósofos que en las épocas de la filosofía beligerante la colectividad intelectual queda escindida en dos grupos. De un lado, está la gran masa mayoritaria de los que insisten en la ideología establecida y, de otro, la escasa minoría de corazones de vanguardia, de almas alerta, que vislumbran a lo lejos zonas de piel intacta.

Actualmente en lo relativo a la transición política vivimos una de esas épocas. Pero con una importante precisión: por lo que se va a razonar seguidamente, la actitud defendible no es la de la minoría beligerante “de corazones de vanguardia”, sino la de la mayoría pacífica que quiere sepultar para siempre (sin que vuelvan a desenterrarlo nunca más) el odio, el rencor y el enfrentamiento que desembocó en la Guerra Civil.

Y es que cuando —como ocurre con la revisión de la Transición— el pretendido progreso supone en realidad un retroceso la sociedad, más que avanzar, retrograda. Dicho más claramente, cuando las propuestas de la minoría beligerante consisten en reformar, desde su raíz, el inmediato pasado “político”, esto es la Transición, que es el resultado de la sutura más leal y generosa habida hasta ahora de las heridas abiertas entre las dos Españas, la reforma de la minoría beligerante o propugna profundizar en el perdón o se trata de una reforma retrógrada y, por tanto, inaceptable. Y ello porque revisar la Transición supone querer que el peor pasado sea presente permanente. Y, como dijo el propio Ortega en Notas de andar y ver de su obra El Espectador, “soy un hombre que ama verdaderamente el pasado. Los tradicionalistas, en cambio, no lo aman; quieren que no sea pasado, sino presente”.

Una parte de la nueva hornada de los políticos de hoy, en lugar de abordar la difícil y compleja tarea de abrir nuevos caminos e ir subiendo peldaños en la escalera de nuestro progreso económico y social —para lo que hace falta una preparación de la que habitualmente carecen—, han optado por “regresar” al punto de partida de la reconciliación para volver a sajar con un tajo profundo lo que ya estaba bien cicatrizado.

A este grupo minoritario de políticos “carapatrás” (los llamo así porque tienen la cabeza vuelta hacia el pasado) seguramente les pareció que, en lugar de orientar la política hacia nuevas metas —lo que requeriría grandes dosis de capacidad y eficiencia— les resultaba más fácil volver sobre lo ya construido para derrumbarlo y vivir políticamente de los odios propios del estado de tensión.

Al finalizar la dictadura, prendió en el pueblo español la idea de iniciar una nueva andadura política de concordia y reconciliación asentada en los valores de la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Por fortuna, hubo entonces grandes personalidades que supieron encauzar y dirigir estos valores hasta plasmarlos en la Constitución de 1978, bajo cuya vigencia hemos vivido el período más fructífero de nuestra reciente historia.

A pesar del tiempo transcurrido, hoy son muchos los que consideran que siguen vigentes los ideales de la generación que hizo la transición democrática. La gran mayoría de nosotros, al menos de los que vivimos en el olvido de los del montón, vivimos desde hace más de cuarenta años plenamente “reconciliados” y con nuestro viejos fantasmas arrumbados y encerrados para siempre en las mazmorras de un pasado superado.

Pero seguramente la manifiesta incapacidad de algunos de nuestros líderes políticos actuales los ha convertido en idóneos remedos de Guillaume Farel, más capacitados para destruir que para construir. Y por ello han acabado por asumir fanáticamente la misión de agitar y destruir el edificio constitucional que con tanta generosidad y esfuerzo ha levantado el pueblo español.

Hoy esa mayoría que representa la filosofía pacífica de la transición asiste atónita a los reiterados ataques que una minúscula pero activa minoría beligerante viene lanzando desde hace poco tiempo contra los pilares en los que se asienta nuestro sistema constitucional. Ataques que, lejos de ser casuales o irreflexivos, responden a una estrategia de agitación perfectamente planificada, cuyo objetivo último es destruir la unidad de España.

Con una desvergonzada deslealtad constitucional, y ante la incomprensible pasividad de los sucesivos Gobiernos de la Nación, los independentistas enmascarados de constitucionalistas usaron fraudulentamente la libertad que les garantizaba la propia Constitución para ir adoctrinando a las nuevas generaciones en la idea de “pueblo sometido” que solo puede redimirse por medio de la independencia secesión.

Esta propuesta de separarse de España es una vuelta al pasado, al momento anterior a la formación de la Nación española. Hoy los nacionalismos excluyentes son movimientos defendidos fundamentalmente por políticos localistas y cortos de miras (trasnochados y mediocres “cabeza de ratón”) que pretenden conquistar y retener cuotas de poder que jamás alcanzarían en ámbitos políticos más amplios.

Por eso, no deja de llamarme la atención que, en lugar de desenmascarar abiertamente a estos impostores, haya quien intente hacer pasar al secesionismo por un movimiento político progresista, cuando se trata de una opción totalmente retrógrada. El grado de confusión que han generado estos manipuladores de la opinión está siendo tan eficaz que una parte de la juventud —esa que es progresista y de izquierdas—, está apoyando nada más y nada menos que a los que propugnan el retorno de España a unidades políticas del Medievo.