¿Qué tal les va? Les diré que espero que bien, justo antes de saludarles con aprecio. Y lo hago cuando se presenta ante nosotros uno de esos fines de semana largos para muchas personas. Espero que sirva para el solaz, el descanso y el disfrute... Pero también para seguir siendo cautos y cuidándonos a nosotros y a los demás. Porque si no, ya saben, lo que hoy se presenta relativamente bien no tardará en torcerse... La pandemia no se ha terminado ni se puede hablar de ella en pasado, e histórico sobre tal tipo de concepciones erróneas ya tenemos bastante...

Pero ya hablaremos de esto en otra ocasión. Hoy quiero salirles por otro lado, y pasar a comentar con ustedes algo sobre la polémica generada a raíz de la emisión de una entrega del programa televisivo MasterChef —¿se dice así?— grabada en nuestra ciudad. Porque, por lo que veo, la misma no ha dejado indiferentes a muchos, incluyendo a personas al frente de importantes instituciones, empezando por el Ayuntamiento y su alcaldesa. Que si la imitación del acento gallego, que si las referencias a la contaminación por “anisakis” de un producto excepcional, que si un verdadero desaprovechamiento del mismo, de extrema calidad... En fin, elementos sobre los que no voy a centrar mi análisis. Déjenme ir más allá de lo puntual, a un punto de vista más sobre la esencia de este tipo de propuestas televisivas.

Nunca había visto este programa de tanto éxito, en ninguna de sus emisiones y temporadas, pero sí sus machaconas cortinillas de anuncio, que rechazo por broncas, gritonas y hasta disruptivas. Ahora he profundizado en el asunto, documentándome para escribir este artículo, y analizando distintos fragmentos de sus emisiones. Y, para mí, tal categoría de entretenimiento, basado en la elaboración de platos a toda prisa, como competición, bajo presión y con la colaboración de destacados profesionales del gremio, creo que le hace un flaco favor a la cocina. Y, si me apuran, a la convivencia. Comprendo que los fogones de un restaurante, a la hora punta, pueden ser un hervidero de actividad y de tensión. Pero no me parece ni importante ni relevante que los valores de la cocina se plasmen en personas gritando, conductores del programa ridiculizando o menospreciando a sus participantes, y llevando al terreno de lo poco saludable el nivel de presión y estrés generado. Si a eso sumamos una cierta impostación de la realidad propia de los reality show, buscando el impacto por encima del sosiego y la tranquilidad, mal vamos. Y si, además, entramos en jardines absurdos como el de desconocer la potencia y la fuerza de un producto verdaderamente de primera, o metiéndonos con la forma de ser o hablar de un pueblo, aún peor.

No, nunca me gustaron estos programas, y nunca comprendí cómo les podían dar ustedes cancha. Ya ven, en cuestiones de cocina me quedo con el antiguo Con las manos en la masa, suave, armónico y tranquilo, o con docenas de emprendimientos en otros formatos, algunos verdaderamente trabajados y de nivel, que me sugieren belleza, pausa y una concepción saludable del comer. El MasterChef, por el contrario, me parece más envoltorio que realidad, deseo de espectáculo encapsulado en una presunta actividad culinaria, y un buen aderezo de tópicos, egos y tonterías. No me va.

Tampoco puedo entender, puestos a hablar sobre ello, a presuntos cocineros de primera que, tan pronto pueden, insisten en venderte un sopicaldo rebosante de sal y, a veces, de glutamato. Creo que toda profesión tiene su ética, y ni la sobreactuación ni la prisa son valores concordantes con el fiel, complejo, duro y maravilloso trabajo que dimana de tantas cocinas en un país donde se come de cine. No me va el glamour y el oropel, no, de quien destroza un producto premium donde los haya. Pero, sobre todo, quiero entender la gastronomía como otra cosa mucho más pausada, ligada a la sostenibilidad, a la prudencia, al sosiego y al fuego lento que debería alumbrar muchas más acciones en nuestra vida.

No, no me gusta MasterChef y sus valores. Y la verdad es que entiendo muy poco que los mismos vengan de la mano de la televisión pública.