Tengan buen día. Seguimos desgranando días bonitos, en los que tenemos la oportunidad de quedarnos maravillados de la fantástica aventura que es la existencia. Y es que, no lo olviden, recorremos el espacio a alta velocidad, siendo parte de una Naturaleza que nunca nos dejará indiferentes, y que conforma todo lo que nos rodea. Esa ya es una buena razón para encarar el día con una enorme curiosidad, satisfacción y el optimismo de poder contarlo y compartirlo. Y con el enorme asombro de estar ante una construcción verdaderamente formidable, de la que somos parte.

“Picados”

A partir de ahí, de lo esencial en nuestra existencia, están las demás capas de la cebolla con la que nos hemos dotado en el largo camino que como especie hemos ido recorriendo a lo largo del tiempo. Estructuras de pensamiento y de articulación social verdaderamente complejas, y que nos permiten convivir, recorrer nuestro particular periplo personal con una cierta estabilidad, y organizarnos socialmente. Ellas son fuente de alegrías y de muchos momentos especialmente bonitos, pero también de insatisfacción, complejos y frustraciones, tristeza y de una percepción del sentido de la vida muchas veces un tanto alejado de lo que somos, seres parte de ese intrincado orden global del que lo desconocemos todo.

El costumbrismo, instalado en el tópico, acecha muchas veces y sustituye a la inmensa duda cartesiana o a las preguntas sin respuesta lanzadas por tantos de los que nos precedieron. Sí, tal costumbrismo y el exceso de certezas, tomadas a cambio de las pertinentes preguntas y sus buenas dosis de incertidumbre asociadas. Y la sociedad, fragmentada por tales certezas parciales, inconexas y pobres en su formulación y contenidos, pierde. Y lo hace nuestra ética.

Así, surgen lugares comunes que muchas veces permean a todos los segmentos de la sociedad. Como el de “ir picados”, algo que entiendo le puede pasar a una manzana, o hasta a una muela en caso de que haga su aparición la caries, pero nunca a una persona de bien al mando de una máquina de matar tan eficiente como un vehículo automóvil. Y es que, y a la Física me remito, lo que nos dice la Mecánica —Cinemática y Dinámica— es que la cantidad de movimiento de un artefacto de casi una tonelada de masa, a una velocidad incluso no demasiado alta, es enorme. Tal momento lineal, correspondiente a su masa por su velocidad, es crítico en caso de colisión. Y, no tengan duda, los resultados son espantosos. La energía cinética asociada a tal proceso es también grande. Y la conclusión de todo ello, créanme, se mide en llantos.

Nadie en su juicio puede “picarse” por su actividad al volante. Es más, tal actitud debería ser —a mi juicio— causa suficiente para la exclusión de tal persona, de por vida, de nuestras carreteras. Sobre el asfalto hay que ser templado y saber entender que determinados episodios de tensión, que siempre pueden ocurrir, hay que olvidarlos en el mismo momento en que se producen. O eso o avisar a la policía de Tráfico, pero nunca otra cosa. Si no es así, estamos abocados al desastre. O a la concatenación de casualidades, como en el presunto episodio de “pique” y desastre ocurrido en la ciudad, que investiga el Juzgado, que hagan que milagrosamente no se produzcan varios fallecidos al instante.

Esta misma mañana, la de ayer, un coche me adelantaba a alta velocidad, muy por encima de los límites permitidos, en la autopista. Al tiempo, otro coche entraba casi a trompicones en la misma, utilizando el carril de aceleración para casi todo menos para acelerar, dejándose caer finalmente en mi carril, delante de mí, ante mi atónita mirada. Tocó frenazo, pitada para avisar de que estaba ahí y cambio de carril después de que el veloz infractor pasase como una exhalación sin permitirme facilitar la maniobra de entrada al que, también mal, decidió hacerlo igual. Pero en cuestión de segundos, superado un trance que nos puso en peligro a los tres, hay que olvidarse. Saber que esas personas no lo estaban haciendo bien, separarse de ellas en lo posible, y a pensar en otra cosa, dando gracias por estar vivo. La persona templada no puede reaccionar de otra manera. Quien persigue a otro, quien propicia situaciones de riesgo y quien lleva al extremo tales barbaridades, está anteponiendo su particular mirada y ego, sus certezas desubicadas, a la lógica imperante. Y, consecuentemente, se pone en peligro y amenaza a los demás. Y, lo que es peor, en este caso la sociedad zanja con un “iba picado” la catalogación y hasta la justificación de tal comportamiento. Ni “picado” ni gaitas. Eso es terrorismo al volante.

Todos los días veo terroristas en la carretera. Personas que circulan a doscientos kilómetros por hora “porque ellas lo valen”. Gentes que asumen túneles con límite a noventa kilómetros por hora, a 120 o 150. Quienes deciden superarte en línea continua, y quienes —con absoluto desprecio a la vida de los demás— tienen comportamientos temerarios al volante. Y, mientras, la sociedad mira para otro lado o se ríe de quien no se salta jamás un límite. Pero la convivencia exige pactos, y entiendo que las señales de tráfico son parte de ello. Normas que la cultura aprendida aquí, en esta sociedad del sur de Europa, ve bien saltarse. Parte del costumbrismo social que se palpa en el ambiente. Y que es un reflejo de certezas de bajo empaque, al margen de ley, sí, pero mucho más de la ciencia y de la lógica.

Ir “picado” no es ir. Es poder matar. Poder causar el caos. Lastimar. Ir contra nosotros o, lo que es lo mismo, hacerlo contra la misma Naturaleza… No debería utilizarse tal categorización para referirse a la conducta de nadie. Puede ser el principio de su justificación o, al menos, de un cierto reconocimiento.