Aunque soy poco partidaria de hablar de mí y de los míos, no puedo quedarme callada mientras observo con estupor cómo ciertos medios se hacen eco de algunas noticias aparentemente no contrastadas que, con respecto a mi apellido, en los últimos días aparecen en prensa cada vez que le viene en gana a un grupo político al que no voy a mencionar para evitar hacerle más publicidad de la que ellos mismos se hacen cada vez que utilizan parte de mi nombre.

Nací hace unas cuantas décadas en el seno de una familia conocida, fundamentalmente, por la labor que mi abuelo paterno: Sergio Peñamaría de Llano, había llevado a cabo como alcalde del ayuntamiento de La Coruña entre 1959 y 1963.

Este señor, que por cierto lo era con todas las letras para todos los propios y casi todos los extraños, promovió en la ciudad que habitamos una serie de mejoras logísticas de gran relevancia y —sobre todo— saneó unas arcas municipales que habían caído en bancarrota por erróneas gestiones de alcaldías anteriores.

El padre de mi progenitor abandonó el ayuntamiento siendo más pobre de lo que era cuando había entrado, pero con la conciencia muy tranquila por haber ayudado desde su puesto de poder a un sinfín de personas bien nacidas que siempre le agradecieron infinitamente sus esfuerzos.

Cuenta la leyenda que a mi abuelo le gustaba escuchar a la gente y que, para lograrlo, fue uno de los pocos alcaldes que recibía un día por semana a todo aquel que quisiese visitarle para trasladarle sus quejas, ruegos o preguntas. Todas estas actuaciones y muchas más con respecto a su mandato en la ciudad en la que nadie es forastero, trajeron consigo honras posteriores como la de ser titular de una calle en el coruñés barrio del Ventorrillo.

La guerra civil española, en la que mi abuelo luchó en el bando nacional, sucedió hace más de ochenta años, mucho antes de hacerse con la alcaldía por la que logró los honores anteriormente mencionados. Y, de pronto, aparecen en escena unos señores que bajo el sello de la “Memoria histórica” —en este caso concreto yo diría más bien “Amnesia histérica”— emprenden una persecución por medio de difamaciones a una persona que no está aquí para defenderse.

Uno de los episodios más dramáticos vividos en España fue el anteriormente mencionado. Vecinos contra vecinos y parientes contra parientes. Miles de muertos, mentes enfermas y vidas rotas. Recuerdos silenciados por el pánico a volver a visualizar, semblantes que nunca volvieron a sonreír abiertamente y muchos besos al pan; compusieron la huella que dejó la guerra en el alma de muchas personas a las que, como a mi abuelo, les tocó la desgracia de vivirla.

Sin embargo, hay quien se empeña en volver a abrir viejas heridas, en hacer daño, en buscar donde no hay ni videos, ni fotografías, ni testigos. En aprovecharse de nombres que suenan bien para tratar de que los suyos suenen aún mejor. Nos da igual la calle en entredicho, que se le quiten o se la conserven, pero no vamos a tolerar que mancillen su honorabilidad por medio de testimonios no contrastados ni que la “desmemoria” campe a sus anchas sin que nadie la frene, mientras trata de ensuciar a gente buena, aparentemente remordidos por un resentimiento que hace años que debía haber muerto y que también debería ser perseguido.