El otro día me invitaron a un acto en un lugar muy evocador y apetecible. Pero en el tarjetón ponía bien claro que no podía llevarse acompañante. A veces soy mi mejor compañía, así que pensé por un momento ir sin mí mismo. Pero claro, si iba sin mí mismo iba a vivir sin vivir en mí, no iba a tener con quién hablar y además no me gusta dejar solo a mi otro yo, se me deprime, es capaz de meterse en un bar a beber a deshoras, robar en una mercería, perpetrar sonetos o molestar a amigos comunes. El caso es que el acto era más que apetecible, la ocasión única, los asistentes, seguramente, gente interesante. Pero yo no podía llevar acompañante. O sea, estaba obligado a buscar conversación si no quería asemejarme a un insociable.

Si acudía al acto estaba destinado a penetrar e integrarme en un corrillo y si no, iba a parecer bobo o mudo. Hay personas que llegan solas a un acto, no hablan con nadie, se ponen muy serias y parecen interesantes. Yo si hago eso seguro que piensan que no tengo amigos, que no tengo nada que decir y que me he equivocado de sitio.

Tratando de vestirme para acudir a la cita intenté recordar con quién había quedado para ir. A quién le tenía que comunicar que no podía venir, que la invitación era exclusiva y unipersonal. Y me sentí mal. Es como despedir a alguien. Sin indemnizarlo además. Y ahora, ¿quién me da de cenar vino español, jamón y croquetas? Eso podría decirme el no invitado, el aborto de invitado, el no acompañante, el acompañante frustrado. Y me sentí peor. Sin fuerzas para telefonear. Mareado. Con sudores. Busqué en mi agenda por si acaso había apuntado con quién iba a acudir al acto que no permitía acompañantes. Pero no tenía anotado nada, dado que la invitación había llegado de repente, como llegan a veces las cosas muy buenas, las cosas muy malas, las enfermedades o los repartidores de Amazon. Y mi estado empeoró. No podía tenerme en pie. No quería quedarme en casa, no quería ir solo al acto, no quería ir acompañado para no tener un disgusto en la puerta.

No quería desairar a mi posible acompañante, que a esta hora tal vez estaría vistiéndose para quedar conmigo. No quería nada. Nada en realidad. Entonces sonó el portero automático. Apagué todas las luces, cerré las ventanas y apagué la tele. Me quedé inmóvil. Es decir, a solas y en silencio conmigo mismo. No sabría decir si triste o eufórico.