Tengan buen día. Y buena semana, si me apuran, que por aquello de que el día 1 no hay periódico no volveremos a hablar hasta el 5 de enero. Una semana hasta entonces, que espero sea propicia para ustedes, con los casos de COVID-19, definitivamente, disparados. Tengan mucho cuidado, por favor, y traten de no contagiarse. Y es que, a día de hoy, no están claros los mecanismos que hacen que algunas personas pasen la infección casi de forma banal, mientras que otras no lo cuentan. No confundan tampoco el hecho estadístico con el individual. Y es que aunque los números asocien consecuencias graves de la enfermedad con determinados segmentos, nadie está a salvo de que le ocurra lo peor. Responsabilidad, autocontrol, continencia y mucho cuidado son los mejores aliados para abordar, ahora y siempre, la pandemia.

Sigo echando de menos un más amplio y global consenso sobre la forma efectiva no ya de dejar de expandir la enfermedad, sino también de evitar reservorios que, a nivel global, llevan al virus a tener mayor capacidad de mutar. Para eso hacen falta políticas y acciones a una verdadera escala planetaria, pero no acaban de estar articulados los mecanismos necesarios para afrontar tal labor con garantías y fuerza suficiente. Y, quizá, tampoco hay demasiado interés en ello. Pero no nos engañemos: si la infección por SARS-CoV-2 no se trata a nivel general, nada de lo que hagamos será verdaderamente efectivo. Y es que ya saben, ni virus ni meteoros ni fenómenos de dinámica planetaria, entre otros muchos posibles focos de grandes problemas, entienden de nuestra corta de miras escala humana. Tampoco de fronteras ni de esta curiosa manera que tenemos de segmentarnos, segregarnos y hasta de querer “protegernos” los unos de los otros. Tenemos que cambiar. Ver las cosas de otra manera.

Y ya que hablo de verdaderas mudanzas, más que de parches o componendas, déjenme que aborde otro escenario en el que también es necesaria tal tipo de revolución global. Otro ámbito, relacionado también con las zoonosis y, por tanto, con crisis sanitarias presentes y futuras, pero de escala e impacto aún mucho mayor. Me refiero al cambio climático. Con la amenaza —real y presente ya— del efecto en la atmósfera de nuestra actividad desde la revolución industrial, y de todo aquello que hagamos para tratar de revertirlo, paliarlo o adaptarnos. En ello es preciso un cambio, sí, de forma perentoria y radical. Un cambio en serio, sin ambages ni escapatoria posible. Porque no se puede hablar del mismo con convicción, por ejemplo, y al tiempo celebrar que llegue a la ciudad el maxicrucero más grande jamás acogido en la misma. Todo ello es incompatible. No el plantear pequeños “apaños”, para luego ni tocar lo más crítico. Hace falta un cambio real de paradigma, de planteamiento y hasta de modo de vida. Y frente a esto, como en todo lo que dimana de la evidencia científica, no valen los negacionismos. La economía a corto plazo está muy bien, y a todos nos ampara y permite vivir de una determinada manera. Pero, a lo mejor, es que ha llegado el tiempo de plantear un escenario diferente, otros modos y otras expectativas, y nuevas e imaginativas formas de salir adelante.

La Tierra tiene hoy recursos —también energéticos— para que vivamos de forma sostenible todos sus habitantes. Pero no los tiene para que se siga produciendo el desmadre absolutamente inequitativo en que se ha convertido el devenir de la especie humana. Para que unos sigan dilapidando todo nuestro crédito en todo tipo de recursos, mientras otros se hunden en la miseria. Y para que, al tiempo, el planeta siga sufriendo en términos de expolio de sus recursos y de un peor escenario medioambiental y climático.

Hay negacionistas del clima que hablan de que el calentamiento global es una patraña. Y otros, sin negar la mayor, se comportan como si pensasen esto. Dicen que ha habido épocas más cálidas y otras más frías a nivel global, aduciendo la existencia de hasta nueve períodos de glaciación anteriores. Pero lo que no cuentan es que el actual nivel de dióxido de carbono en la atmósfera, relacionado directamente con el calentamiento global, es el más alto jamás reflejado. Hoy son aquí 413 partes por millón (ppm), con máximos de unas 421,1 ppm. El mayor tramo de dicho incremento se ha producido en muy poco tiempo, comparado con la evolución natural del indicador. Fíjense, el nivel medio del dióxido de carbono en la época preindustrial era de unas 278 ppm. Y en siglo y poco nos hemos ido a los niveles actuales. Pero aún hay más, porque antes, en los últimos 800.000 años, tal concentración fluctuó entre un mínimo de 172 y un máximo de 299 partes por millón. Teniendo esto en cuenta, coincidirán conmigo que el hecho de que desde 1950 hasta ahora, por ejemplo, el mismo haya variado drásticamente desde el entorno de las 300 ppm hasta los valores actuales es verdaderamente impactante.

Hay muy poco más que decir. Lo que un día se pretendió, que el calentamiento global no fuese más allá de grado y medio, es hoy una entelequia. Y los dos grados de subida, de seguir así, también pasará a ser solamente un deseo poco fundamentado. La amenaza real podría llegar a cuatro grados, o incluso sobrepasarlos. Y créanme si les digo que esto, especialmente para muchas poblaciones y entornos vulnerables, esto sería —y está empezando a ser ya— catastrófico. De ahí la necesaria revolución, pacífica pero inexorable, consensuada y profunda, que incluya una revisión exhaustiva del paradigma propuesto como único modo de vida posible. O lo uno, o lo otro, sin término medio. O cambiamos, o esto es imparable. Este fin de 2021 y principio de 2022, que celebraremos en un par de días, es el momento idóneo para reforzar el pensar de otra manera. Esto tendrá que incluir, también, la reforma o creación de instituciones globales que puedan afrontar tal tarea. Y, por ende, una simplificación de todo lo construido durante siglos, para otras tareas, con otras miras y otras problemáticas. El futuro empieza hoy, o ya ha empezado hace tiempo, pero ahora hay que afianzarlo, redoblar el imaginarlo y, desde luego, empezar a ponerlo en práctica. ¿Usted se anima? Creo que, sinceramente, no hay ni espacio ni un tiempo para un no.

¡Feliz salida de 2021! ¡Feliz 2022!