El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, apuntó esta semana que el Ejecutivo ya está trabajando en nuevas formas de monitorizar el impacto de la pandemia del COVID, equivalentes al seguimiento que se hace de las epidemias estacionales de la gripe. Para empezar, en lo que se refiere a la cuantificación e identificación de los casos, estableciendo un sistema de muestras representativas en centros de asistencia primaria y hospitales que permitan trazar el estado semanal de la curva de contagios. Otros países también buscan nuevas estrategias. En todo caso, dar este paso hacia la “gripalización” del coronavirus llevará tiempo y habrá de hacerse con todas las cautelas. De hecho, la OMS, la Agencia Europea del Medicamento y reputados especialistas ven precipitado considerar este virus endémico en 2022. Y la explosión de casos de esta sexta ola demuestra que seguimos en una crisis sanitaria. Al margen de otras reglas de medir, con los contagios de nuevo desbocados por un virus desafiante y mutante, lo que parece prematuro es hablar de dar por superada la pandemia cuando su causante todavía sigue siendo un gran desconocido.

El concepto de “gripalización” que empieza a asomar, como una nueva versión de la “nueva normalidad” que ya se reveló como una aspiración frustrada, debería suponer, si se llegara a consolidar, mucho más que eso. Campañas de vacunación sostenidas, por supuesto, pero también la normalización de la presencia del virus y la toma de medidas excepcionales de alerta en lo individual (aislamientos, bajas laborales) y lo colectivo (limitaciones de acceso a locales públicos, cierre de visitas a centros de mayores) circunscritas al desarrollo efectivo de síntomas, a las precauciones necesarias para proteger a los colectivos más vulnerables y a los momentos de mayor circulación del virus y al desarrollo de síntomas.

Es posible que este momento llegue. E incluso cabe la posibilidad de que lo haga tras la fulgurante expansión de la variante ómicron, que ha cambiado las reglas del juego al actuar con un nivel de contagiosidad inusitadamente elevado con una letalidad mucho más reducida gracias a las mutaciones intrínsecas a esta nueva cepa vírica y al éxito (al menos en países como España) de las campañas de inmunización. Y es necesario no solo que las autoridades sanitarias empiecen a planificar cómo será esa nueva situación sino que todos nosotros entendamos en qué consistirá. Las anteriores experiencias de acceso a nuevas normalidades hasta ahora nos han demostrado que ni se ha sabido hacer lo primero, con instrucciones a menudo incoherentes, ni se ha conseguido lo segundo, con estallidos de alivio que han llevado a levantar cautelas con demasiada improvisación y alegría.

La posibilidad de la aparición de nuevas variantes no es el único motivo para mantener aún la cautela. La sexta ola ha bloqueado el funcionamiento ordinario de la asistencia primaria con un número de positivos y pacientes con síntomas leves desbordado y hace que la capacidad de los hospitales y sus unidades para pacientes críticos se vayan acercando al límite razonable, en unos territorios más que en otros. Pero es necesario recordar que estamos muy lejos de la situación dramática que estaríamos viviendo con idéntico nivel de contagios de las anteriores variantes del virus o sin la protección de las vacunas.

Así, Galicia, en cabeza de la vacunación en España, es la comunidad que menor presión hospitalaria soporta, tanto en UCI como en planta, pese a sextuplicar los casos activos en solo un mes y donde el pico de transmisión todavía puede llegar a finales de enero.

Incluso en plena sexta ola hay medidas (duración y extensión de las cuarentenas, uso de mascarilla en exteriores, cierre de aulas) que se pueden relajar atendiendo a su efectividad o no, aunque en algunos casos esa flexibilización responda más bien (como la realización de pruebas y notificación de positivos) a la incapacidad material para rastrear un virus ubicuo. Pero la evolución de ómicron en otros países muestra que tras una explosión de casos puede llegar a no tardar una caída no menos brusca en la que sea razonable dar nuevos pasos hacia las formas en las que deberíamos aprender a convivir con lo que se puede convertir en un futuro en una enfermedad endémica, incluyendo un dimensionamiento de la atención primaria capaz de asumirla sin tener que dejar de atender otras urgencias o necesidades ordinarias.