Tengan ustedes buen día. ¿Se han dado cuenta? Hace nada celebrábamos el Año Nuevo y ya hemos pasado el ecuador de este primer mes de enero. Seguimos el vertiginoso ritmo de la concatenación de minutos, horas, días y meses, en la que la buena noticia es que, si usted me lee ahora, es que uno y otro estamos aquí, razonablemente bien como para no solamente centrarnos a las funciones vitales más básicas. Y es que leer o escribir son acciones que necesitan un cierto nivel de esfuerzo, de interés y de salud, con lo cual –reitero– si se está produciendo este mágico momento es porque, a pesar de que nos vayan cayendo años cual medallas, seguimos con ganas de comunicarnos, aprender mutuamente y construir algo un poco más allá de nuestras respectivas narices. Todo en orden.

Hoy quiero relatarles la experiencia que me aconteció en una de esas tiendas que a mí me gustan. Las de toda la vida, pero en las que ni siquiera saben su verdadero valor, al margen de otras propuestas con más “marketing” –mercadotecnia– y pose. Una de las tiendas de siempre, donde te tratan por tu nombre y te sientes no solamente atendido, sino mucho más. Un tipo de negocio al que voy siempre, muy al margen de otras fórmulas con luces, alharacas y demasiada parafernalia, que respeto, pero que a mí no me dicen gran cosa. Y de las que estoy convencido generan menos valor real en su calle, pueblo y comarca, medido este no solamente a nivel crematístico.

Bueno, la cosa es que entro. Puerta cerrada, que me demoro en dejar de igual manera, para que corra el aire, y la atenta señora sin mascarilla, enfrascada en el noble acto de ponérsela al notar mi entrada. Después del saludo, y de pedir aquello que allí me llevaba, lo cual ella ya sabía y de lo que me estaba informando de antemano porque había estado hace unos días preguntando por ello, me atreví. “Oye, no deberías estar aquí sin mascarilla, aunque estés sola en la tienda. Fíjate que estás al público y, con el nivel actual de prevalencia del SARS-CoV-2, es fácil que te contagies. Y, de igual modo, puedes actuar tú de vector y contagiar. Es bueno que te cuides, y estando la puerta cerrada la ventilación no es buena, con lo cual puede haber aerosoles con carga viral que, ser inhalados, pueden contagiar...” Bueno, ya saben, la retahíla de cosas que cuento siempre, y que se dicen desde múltiples foros y visiones.

“Tienes toda la razón, neniño. Debería ponerla todo el día”. “Como yo en el trabajo”, me apresuré a apostillar. “Pero yo, detrás de esta mampara, estoy tranquila”, siguió. Y eso sí que no...

Recuerden ustedes que las mamparas, a pesar del daño que hizo en determinado momento la recomendación de su uso, no son efectivas contra los aerosoles. Los mismos no están gobernados únicamente por la interacción gravitatoria, sino que experimentan fuerzas diferentes en el seno del aire. Los soles, llamados así por presentar un determinado rango de tamaño de partícula, son un tipo de solución coloidal. Y los aerosoles, en concreto, son soles donde la fase dispersante es un gas o mezcla de ellos, como el aire. Tales aerosoles, al igual que el humo del tabaco expelido por un fumador, se mantienen un tiempo en el aire y, en función de diferentes circunstancias, evolucionarán con movimiento estocástico difícilmente previsible, precipitándose al suelo únicamente al cabo de un tiempo. De ahí su peligrosidad. Flotan, evolucionan, se mueven en horizontal y también en vertical. Y puede inhalarlos usted un cierto tiempo después de haber sido emitidos.

Las pantallas o mamparas no sirven para evitar su poder de contagio, porque estas compartimentan el aire y no permiten la renovación por arrastre que produce la ventilación, natural o forzada. Solamente hacen su función cuando intentamos evitar posibles gotas de saliva balísticas, que con la lógica de tiro horizontal o tiro oblicua salen de la boca de tu interlocutor y podrían llegar a impactar en alguna de tus mucosas sensibles en la cara. Para lo demás, no. Sirven para reducir el riesgo de alguien todo el tiempo cara al público, pero acompañando esto de las necesarias medidas que aseguren una ventilación efectiva.

No sé si mi amable interlocutora se pondrá ahora la mascarilla todo el tiempo o no en su tienda. Tampoco sé si mantendrá la puerta mucho más tiempo abierta. Pero, en cualquier caso, yo lo he intentado. Es importante hacerlo, porque la diferencia puede llegar a contarse en personas concretas fallecidas, en esta interminable cadena letal en la que se ha convertido la interacción entre todos nosotros.

Cuídense. No es una broma. Es importante. Lo que tenga que llegar, llegará, y si llega lo inevitable, tratemos de llevarlo de la mejor manera. Pero cuanto más hagamos por cuidarnos y cuidar a los demás, más contribuiremos a frenar la explosión de contagio y, por ende, por proteger vidas. Y yo creo, sincera y honestamente, que de eso se trata.