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La Opinión de A Coruña

Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

Mi quiosquero y la invasión de Ucrania

Es algo que ha demostrado entender perfectamente mi quiosquero: “Rusia no quiere tener misiles apuntándole desde sus mismas fronteras y un día dijo basta”, me explica cuando voy a recoger el periódico.

Es una explicación que muchos consideren tal vez simplista, pero que, con independencia de la brutalidad que está demostrando el autócrata del Kremlin con el bombardeo inmisericorde de Ucrania, describe el principal porqué de la tragedia de ese país.

Uno lleva ya tiempo tratando de explicarlo en sus columnas, y las palabras del quiosquero me hacen reflexionar sobre algo: ¿por qué tenemos los europeos en el fondo tan poco que decir sobre un conflicto que nos afecta y nos afectará aún por mucho tiempo directamente?

Y que nadie me diga que lo estamos ya decidiendo con nuestra presencia y nuestras voces en la OTAN porque si hay una cosa clara es que en la Alianza quien decide es la superpotencia mientras los demás nos limitamos a seguirla.

A seguir, esto es, a Washington de forma más o menos renuente, según los casos, como ha pasado hasta que empezó la invasión, pero con nada disimulado entusiasmo desde que comenzaron los bombardeos rusos.

Y los más entusiastas de todos resultan ser dos políticos socialistas: el secretario general de la ONU, el noruego Jens Stoltenberg, y el español Josep Borrell, que responde al título de Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea.

La guerra de Ucrania sucede en territorio europeo y mientras dure y cuando finalmente termine —esperemos que sea cuanto antes—, vamos a ser los europeos, ucranianos y rusos incluidos, quienes suframos más directamente sus consecuencias, que se presentan catastróficas. A Estados Unidos le separa un océano.

Leo en la revista estadounidense Foreign Affairs un artículo de dos profesores de universidades de aquel país (1) donde se habla de la lenta “espiral de inseguridad” en que, cada una en defensa de su esfera de intereses, se han visto involucradas Rusia y EEUU desde la disolución de la Unión Soviética.

Esa espiral se ha acelerado, escriben, a partir de 2008, cuando el presidente de EEUU George W. Bush decidió estacionar sus misiles en Polonia y la República Checa, miembros ya de la OTAN, a lo que Rusia respondió rompiendo los acuerdos bilaterales sobre el control de ese tipo de armas.

Al año siguiente, en la cumbre de la OTAN en la capital rumana, Washington habló de meter en la Alianza a dos repúblicas que no solo habían sido miembros del Pacto de Varsovia, sino que habían formado parte de la propia URSS: Ucrania y Georgia.

La respuesta inmediata de Moscú fue anexionarse la península de Crimea, regalada en 1954 a Ucrania, en un alarde de generosidad, por el líder soviético Nikita Jruschov.

El temor del Kremlin no era otro que, en el caso de que entrase Ucrania en la OTAN, pudiera peligrar la importante naval rusa de Sebastopol, en Crimea, donde está anclada su flota del mar Negro.

En 2014 se produjo el llamado Euromaidán, una rebelión popular en la que no faltaron grupos neonazis y a la que no fue tampoco ajena la mano de Washington, que acabó con la huida del presidente electo prorruso Viktor Yanukóvich y su sustitución por el pro-occidental Petró Poroshenko. En respuesta a lo que Moscú consideró entonces un golpe de Estado, dos regiones del este de Ucrania, Donetsk y Luhansk, de mayoría rusoparlante, declararon su independencia, y comenzó una guerra con el Gobierno central de Kiev que ha durado hasta ahora y ha causado más de 14.000 muertes en ambos bandos, sin que las televisiones de Occidente les prestaran demasiada atención.

Nunca desde que cayó el muro de Berlín ha estado el mundo en un momento tan peligroso como el actual y no solo por la amenaza del presidente ruso de recurrir en caso extremo al arma nuclear, sino también por el peligro de estallido de guerra de tipo convencional.

Una guerra incluso de este último tipo, que podría producirse por una provocación o un simple accidente, por ejemplo, en la frontera de Polonia con Ucrania, tendría consecuencias terribles para toda Europa.

Es cierto que Estados Unidos ha tratado de calmar los ímpetus guerreros de Polonia, que, a petición del Gobierno de Ucrania, quería prestarle a este país sus cazas Mig 25 para mejor combatir a los rusos, pero nadie puede excluir nada en este momento.

La pregunta que hay que hacerse, llegados a este punto, es si los gobiernos europeos deberían tratar de convencer a Washington del peligro para el continente de que la guerra se prolongue mucho más en el tiempo a fin de buscar entre todos una solución diplomática.

Solución que podría pasar bien por la neutralidad de toda Ucrania con autonomía garantizada por escrito para la región del Donbás como establecen los violados acuerdos de Minsk, bien por la división oficial 3 un país cultural y lingüísticamente ya dividido. Todo, menos prolongar una insoportable carnicería que dura ya demasiado.

(1) How the War in Ukraine Could Get Much Worse, por Emma Ashford, de la Universidad de Georgetown, y Jeshua Shifrinson, de la de Boston.

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