Opinión

La Rusia de Berlanga

Por un extraño azar llega a las librerías, en pleno ambiente bélico, el guion de la última comedia de la serie nacional de Luis García Berlanga. Fue escrito, además de por el propio director, por Rafael Azcona, Manuel Hidalgo y Jorge Berlanga. La acción transcurre en los primeros años noventa, el muro acababa de despedazarse, la vieja Unión Soviética se desmoronaba, un horizonte de libertad se abría para un pueblo ancestralmente condenado a la miseria y a vivir bajo la bota de los tiranos.

Rusia, en el imaginario de una determinada generación nacida durante la Guerra Fría, fue un referente, casi una obsesión, un arcano, “el acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”, que tan bien definió Churchill. Nos parecía extraordinario que el lugar donde nacimos fuera conocido como “la pequeña Rusia”. Tardamos mucho en saber que se conocía así aquella aldea industrial, empotrada entre dos montañas, en el angosto espacio que dejaban un riachuelo, una carretera y un ferrocarril, porque en ella se concentraba el mayor número de rojos por metro cuadrado. Nos parecía normal que los vecinos musitaran aquel nombre tan mágico y cosmopolita para denominar el más prosaico y humilde topónimo de La Hueria de Carrocera. Lo único que sabíamos entonces de Rusia era por las alusiones en el No-Do al oro de Moscú.

Cuando crecimos, Rusia pasó a ser las grandes estepas que recorría nuestro admirado héroe Miguel Strogoff, el correo del zar; el río contra el que luchaban en condiciones inhumanas los forzudos bateleros del Volga; el San Petersburgo donde se atormentaba Rodión Románovich Raskólnikov, el angustiado asesino de Crimen y Castigo; aquella plácida villa campestre del Estudio 1, en la que el imponente y jovencísimo José Bódalo, Tío Vania, trataba de desentrañar los misterios de la familia; la tundra por la que se deslizaba el trineo del Doctor Zhivago mientras sonaba la cautivadora balalaika.

Después, Íñigo nos metió en casa a Solzhenitsyn para informarnos de los tormentos de los gulags soviéticos. Levantada la censura, compartían cartelera los grandes clásicos del cine ruso —El acorazado Potemkin, Alexandre Nevski, Octubre…— con las parodias de Amanecer rojo, Que vienen los rusos o Uno, dos, tres. Y, así, en un paso precipitado, nos plantamos en la Glasnot y la Perestroika.

Y en otra ironía del destino, muy propia de Berlanga, descubrimos que el director quiso enviarnos a la posteridad, bien guardado en una caja fuerte del Instituto Cervantes, el guion inédito de su película ¡Viva Rusia!. Para que lo leyéramos ahora, precisamente ahora, que no se habla de otra cosa más que de Rusia. Pero, ojo, la continuación de la llamada trilogía nacional no es una película sobre Rusia. Es una película sobre la España del pelotazo que ve en Rusia una posibilidad de negocio, de explotación, de emocionantes y exóticas aventuras. Los Leguineche, disuadidos ya de la posibilidad de beneficiarse de la nueva corte de la monarquía española, ven en unos supuestos herederos de los Romanov —sin saber que fueron ejecutados al completo hasta no dejar una gota de su sangre para el futuro— una oportunidad única de formar parte de la corte de los nuevos zares que volverían al trono tras 74 años de comunismo.

Rusia no era un país ajeno al propio Berlanga. Fue uno de los 50.000 españoles que formaron parte de la División Azul —otro referente de la mitología del franquismo— enviados a combatir a los soviéticos. El joven Berlanga, con solo 20 años, decidió alistarse no para salvar al mundo del diablo rojo, sino para hacer méritos que permitieran la liberación de su padre, preso por militar en un partido liberal republicano, y a la vez para alimentar sus ansias de aventura en una España que no ofrecía muchos alicientes.

Resulta imposible leer hoy el guion de ¡Viva Rusia! sin apartar de la mente las atrocidades de Putin, la miseria en la que ha sumido a su pueblo, el expansionismo nacionalista, la atrocidad de otra guerra y, sobre todo, aquella pequeña ventana de libertad e ilusión en el futuro que, en los primeros años noventa, despertó tanto la codicia de los Leguineche como la esperanza de un futuro en democracia y en paz, tantas veces negada al pueblo ruso. ¿Dónde quedaron aquellas hermosas y estimulantes palabras? Glasnot (transparencia), Perestroika (Reforma).

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