Leo en el periódico que un tipo condenado por malos tratos obtuvo la custodia compartida de su hijo de once años. Otro, a quien yo conozco, sin antecedentes penales de ningún tipo y tan estable en apariencia como podamos estarlo cualquiera de nosotros, solo puede ver a los suyos en fines de semana alternos y períodos de vacaciones escolares. El primero acaba de asesinar a su hijo. El segundo continúa dejándose el sueldo, y la salud, en abogados, mientras los jueces se empeñan en alejarlo de los suyos sin motivo alguno. Me cuesta entender la coherencia de la ley o la lógica de su aplicación, qué lugar ocupa en ambas decisiones judiciales el derecho de esos niños a permanecer a salvo de una mala bestia, en el primero de los casos (nadie debería estar obligado a convivir con un maltratador, ni siquiera a verlo un solo minuto, ¿acaso la violencia contra la madre no lo es también contra el niño?), o a poder crecer junto a su padre, en la misma medida en que lo hacen junto a su madre, en el segundo.

Paso de página y el estupor y la violencia continúan. Las imágenes de las matanzas en Ucrania y las crónicas de los periodistas allí desplazados chapotean en el barro con otras noticias de nuestra cotidiana frivolidad, provocando un desconcierto moral difícil de asimilar. La sonada bofetada del chulesco e impresentable Will Smith ha dado que hablar tanto o más que los asesinatos en masa que manadas de hombres, pertrechados con el más sofisticado armamento, están perpetrando en pueblos y ciudades del este de Europa en este mismo momento. Vemos manos y piernas brotar de la tierra removida de una fosa común, cadáveres tirados en patios y aceras en posturas imposibles. Vemos la guerra como si se tratase de una película. Los propios asesinos salvajes que actúan y provocan las matanzas parecen verse a sí mismos como actores de un taquillazo mundial. Uno no sabría decir al verlos si fue antes la guerra o el cine bélico, si uno se nutre de la otra o viceversa. Veo los cuerpos sin vida de unos seres humanos con las manos atadas a la espalda y la cabeza sobre un charco de sangre y se me revuelve el estómago antes de cerrar el periódico.

Sentado en una civilizada terraza del sur de Europa, disfrutando de una cerveza y de un nervioso sol de primavera, una amiga me recuerda que Ucrania no es el único lugar del planeta expuesto a la violencia, que otros países llevan años sufriendo esta pulsión humana por la barbarie y que esta guerra ha sido, además, auspiciada y agravada por terceros.

Quizá yo sea demasiado impresionable o ingenuo. Quizá Will Smith solo actuó conforme a los usos y costumbres más universales de la condición humana. Quizá todo valga si otros ya lo hicieron antes, ya sean bofetadas o niños muertos, cuerpos pudriéndose en plena calle. Quizá quienes fabrican armamento y munición tengan familias y progenie que alimentar convenientemente. ¡Pues que no pasen hambre!