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La Opinión de A Coruña

Juan Gaitán

Olor a hadas

Ha llegado, abrilmente, la primavera. En pocas horas han virado las veletas y ya apunta hacia el calor, mostrando el camino del verano. En mi orilla roló el viento a poniente y el levante dejó de morder la playa. Habíamos venido sufriendo, como en aquella balada de Carlos d’Orleans (que fue encarnizado enemigo de Juan Sin Miedo), una prórroga del invierno, que con su manto de lluvia y frío nos dejó ateridos. Pero hoy la mañana se ha desplegado más tibia, más amable. He ido a mirar el mar y sobre su piel el poniente se deslizaba dándole aspecto de estar cubierto de plumas. Es así el mar a veces, se derrama tan suave y tan lento que mirándolo nadie podría sospechar que haya dolor en el mundo.

Siempre, por estos días, cuando algo indefinible anda en el aire y se respira ese nuevo tiempo que entra por la ventana, esta ventana mía que a veces da al mar, a veces al patio de la buganvilla, me acuerdo de aquello que contaba Álvaro Cunqueiro sobre Perrault, quien estaba en su gabinete trabajando en no se sabe qué inscripciones latinas y, de repente, posó la pluma, se levantó, avanzó hacia la ventana, la abrió, respiró honda, lentamente, y exclamó: “¡huele a hadas!”, y cogiendo su bastón de caña de Italia (en cuyo puño, según se cuenta, un dragón de plata devoraba una paloma de oro), salió al jardín.

Pues algo así me ha ocurrido esta mañana cuando abrí la ventana y la primera claridad del sol me trajo una luz nueva y el aire un perfume como de agua fresca. Acaso fuese el mismo olor a hadas de la misma mañana de Perrault, que había regresado para asombrar a un hombre de este siglo impío, un hombre descreído como cualquiera de su tiempo, asombrado y triste, a partes no sabe si iguales, por la guerra, la violencia de algunos criminales contras las mujeres y los niños, la rapiña de los listos bajo el amparo del poder, todo eso que genera un dolor insoportable y que valdría para cancelar el mundo y desear que no amaneciese otro día. Y quizás me lo ha traído para enseñarme que el mundo podría ser de otra forma, y que tal vez ha de mantener la esperanza ahora que ha escampado y que se ha dado cuenta de que, como contaba el poeta chino Tu Fu en el siglo VIII, las gotas que caen de las hojas de los árboles, en primavera, tras una tormenta, son la caricia perfecta para la cabeza de un hombre, un hombre que necesita, después de haber perdido algunas cosas irreemplazables en estos días, que llegue la primavera y el aire huela a hadas.

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