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La Opinión de A Coruña

el trasluz

Como Dios manda

El concepto de “cita previa” constituye uno de los grandes inventos de la humanidad, excepto si te la exigen para acudir a urgencias.

–Le traigo a mi padre, que se está muriendo.

–¿Ha pedido cita?

No digo que lo estén haciendo, pero sospecho que la idea se ha instalado ya en algunas de las cabezas privilegiadas de nuestra maltrecha sanidad universal. Pongamos que tienes unas anginas y que pides hora en tu ambulatorio y que te citan para la semana que viene. Esto ocurre. Citarte para la semana que viene para unas anginas es lo mismo que mandarte a freír espárragos. Hay, en fin, gente en lista de espera para patologías que han de atenderse ya, sin dilaciones, pero nos vamos acostumbrando a ello porque el mundo se ha llenado de normalizadores. El normalizador es un profesional que convierte en lógico lo ilógico. Si tu niño tiene diarrea, lo lógico es que se la quiten hoy y no dentro de un mes. No se puede curar una diarrea con efectos retroactivos. Pero si la cosa se repite y se repite, llegas a acostumbrarte.

–¿Qué le ocurre al niño?

–Tuvo una diarrea hace unas cuatro semanas.

–¿Y ya se encuentra bien?

–Sí, pero nos gustaría que se la quitara de todas formas.

El diálogo es extravagante, aunque no mucho más que los que presenciamos en las sesiones parlamentarias de los miércoles

El absurdo deja de percibirse cuando te instalas definitivamente en él. Por eso mismo se dice que los peces no perciben el agua, porque están rodeados de ella, ni nosotros la atmósfera, por la misma razón. La cita previa para las urgencias hospitalarias carecerá de sentido hasta que se institucionalice. Para eso tenemos a los “institucionalizadores”, que trabajan a marchas forzadas al objeto de alcanzar cuanto antes esta conquista racionalizadora. La gente todavía se presenta sin llamar en su hospital de referencia por una angina de pecho, pero después de pasar o doce o trece horas en un pasillo cae en la cuenta de su error y o bien se muere o bien vuelve a casa y pide sumisamente hora por teléfono, como Dios manda.

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