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La Opinión de A Coruña

Jorge Dezcallar.

Francia preocupa

Jonathan Haidt sostiene que las democracias se mantienen unidas y funcionan mejor cuando tienen un tejido social denso, instituciones fuertes, y relatos compartidos. Cuando estos elementos fallan o se debilitan, también lo hacen las democracias y eso explica algunos problemas que tenemos en España (en mi opinión es un error haber traspasado la educación a las comunidades autónomas), aunque no solo aquí se cuecen habas. En Estados Unidos, Donald Trump obtuvo 70 millones de votos y se acercó peligrosamente a los 77 millones de Joe Biden porque supo atraer con un mensaje sencillo pero falso a gentes que veían desaparecer un bienestar y un modo de vida que creían eterno. Y eso produce incertidumbre, desazón y angustia que se canalizan con mucha facilidad por los líderes populistas para llevar agua a su molino con proclamas identitarias y xenófobas. Lo mismo ocurrió con el Brexit cuando una mayoría de británicos optaron por ser cabeza de ratón a pesar de formar parte de la cabeza del león europeo del que decidieron apartarse. Y ahora es el turno de Francia.

En la primera vuelta de las presidenciales no ha habido sorpresas (salvo una abstención del 26,3%, mayor de la esperada) y han pasado a la segunda vuelta del próximo domingo el actual presidente Emmanuel Macron, líder de Francia en Marcha (27,9% de los votos) y Marine Le Pen, del Reagrupamiento Nacional (23.1%). Los grandes partidos tradicionales, los Socialistas y los Republicanos, han desaparecido en la práctica pues entre ambos no han llegado al 7% de los votos, y también han sido muy pobres los resultados de los comunistas (2,3%) y los verdes (4,5%). Solo se ha salvado de la quema Jean Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa (22%), próximo a los mismos postulados populistas de izquierda que Unidas Podemos defiende en España. También el ultranacionalista y xenófobo Eric Zemmour, (Reconquista, 7,1%) ha obtenido un buen resultado quitándole algún voto a Le Pen a cambio de suavizar su imagen de radicalidad, lo que puede favorecerla en la segunda vuelta. Lo grave es que, en conjunto, un tercio de los votos han ido a la extrema derecha y más de la mitad han optado por candidatos anti-establishment. Si añadimos la abstención resulta que 2/3 de los franceses no se reconocen hoy en los partidos tradicionales que han vertebrado Francia durante las últimas décadas. Es un cambio muy profundo.

Ahora la pugna no es ya entre derechas e izquierdas, eso parece superado, sino entre el centro-derecha y la ultra-derecha, y Macron y Le Pen luchan por los votos que fueron a los partidos eliminados en las primarias. Algunos líderes como Hidalgo (socialista), Pecrésse (Republicanos) y Jadot (verde) se los han prometido a Macron, que parece partir con cierta ventaja aunque supongo que en Francia también saben que hasta el rabo todo es toro. Mélenchon se ha limitado a decir que ni un voto para Le Pen pero no ha llegado a pedirlo para Macron, y además una cosa es lo que los líderes aconsejen y otra lo que sus seguidores acaben votando el 24 de abril, cuando la abstención volverá a ser alta porque ambos candidatos suscitan rechazos en amplios segmentos de la población: Macron entre campesinos y obreros víctimas de la inflación, de la pérdida de poder adquisitivo (chalecos amarillos) y, en definitiva, de la desindustrialización, mientras que la ultraderechista Le Pen da miedo en sectores más educados a pesar de haber moderado sus propuestas más radicales y rodearse de gatos para ofrecer una imagen amable.

Francia pierde con esta polarización entre cosmopolitismo y casticismo, entre Europa y nacionalismo, entre apertura y xenofobia, entre moderados y radicales, entre candidatos continuistas y antisistema. Y también pierde Europa porque ni la derecha nacionalista de Le Pen ni la izquierda populista de Mélenchon son europeístas ni atlantistas, ambos exigen que Francia salga de la estructura militar de la OTAN y coquetean con la Rusia invasora de Putin. En Francia ya no es posible una alternancia dentro del consenso sobre elementos esenciales de la propia identidad y de su papel en Europa. Parece una profecía sombría de Houellebecq y nos debe inquietar porque es lo mismo que nos sucedería a nosotros si Vox y Unidas Podemos lograran sorpassar al PP y al PSOE como desean, con el agravante de que en España el centro ha desaparecido. Crucemos los dedos.

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