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La Opinión de A Coruña

Carol Vázquez

Mujeres que mandan en la guerra

En una entrevista reciente, la primera ministra de Estonia, Kaja Kallas, habla de la guerra de Ucrania y la respuesta internacional. Alude a la alta política y la geoestrategia, pero es una frase antigua, candorosa, que dice que la conmueve. Si las mujeres mandaran habría menos violencia, apunta Kallas desde un país que comparte 200 millas de frontera con la Rusia de Putin, la heredera de la Unión Soviética que les invadió hace casi un siglo y que deportó a su propia familia a Siberia.

Kaja Kallas es la última de las nuevas líderes internacionales que quieren marcar el paso de la política del futuro desde el inmediato presente, y si no que se lo pregunten a sus colegas al mando de Lituania, Finlandia y Suecia. Si la primera ministra lituana, Ingrida Šimonytë, está volcada desde el primer momento en frenar el conflicto en Ucrania porque la amenaza de escalada puede arrastrar a su país, son las primeras ministras Sanna Marin, de Finlandia, y Magdalena Andersson, de Suecia, las que acaparan ahora el protagonismo. Su firme anuncio de acercarse a la OTAN tras la inestabilidad provocada por Putin ha elevado la hostilidad rusa contra sus gobiernos, muy próximos, pero de momento aguantan el pulso y ya han abierto ambas consultas internas para cambiar una línea estratégica que hasta ahora las mantenía en cierto limbo que jugaba su rol en el juego de equilibrios mundial.

Kallas, Simonyte, Marin y Andersson son los rostros de la política femenina en un conflicto bélico en que también hemos visto activamente a Von der Leyen dando el apoyo de la UE a Zelenski tras la masacre de Bucha, o la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, en otro viaje comprometido a Kiev.

Nunca antes el papel de tantas mujeres con voz y autoridad se había visto implicado en una guerra a esta escala, y sus decisiones y su compostura están llamadas a dejar huella en el techo de cristal más alto, el de los conflictos bélicos. ¿Serán capaces de romperlo?

Las mujeres que han alcanzado el liderazgo político en la última década han marcado su agenda por una coyuntura basada en cuidar el planeta y restaurar la dignidad a los vulnerables, dedicadas a leer en los tiempos lo que la ciudadanía espera de sus gobernantes. Hemos visto a lideresas como Jacinda Ardern, en Nueva Zelanda, hacer frente al terror y las emociones derivadas del atentado de Christchurch, manteniendo unidas a las comunidades religiosas. También la ofensiva para frenar el cambio climático con medidas valientes. O a la primera ministra islandesa, Katrin Jakobsdóttir, empujar aún más la representación política de las mujeres en el Parlamento, y apostar fuerte por el fin de la caza de ballenas, que podría ser en 2024, pese a la arraigada tradición cultural del país.

Pero, tras la parálisis obligada por la pandemia, los vientos de guerra han dibujado otros escenarios y problemáticas sobre el tablero del mundo.

Sanna Marin va a estar al frente de Finlandia en la primera línea del cordón sanitario establecido contra el presidente ruso, un cordón que, como le sucede a Estonia, cuenta con casi 1.400 kilómetros de frontera territorial entre los dos países y una larga historia de invasiones y guerra fría.

Su pueblo ya sabe lo que es eso: los sucesivos gobiernos finlandeses llevan décadas preparándose para el ataque ruso, con entrenamiento, búnkeres y armamento que no tiene nada que envidiar al de otras potencias europeas.

El último desafío a Putin lo encabezan mujeres que tienen memoria viva de los efectos de las dominación y la guerra. Mujeres que mandan, que diría Kaja Kallas.

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