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La Opinión de A Coruña

Juan Soto Ivars

Elon Musk y su porquero

No es santo de mi devoción Elon Musk, como ningún otro de los prototipos milmillonarios que vomita Silicon Valley, pero las reacciones de la izquierda estadounidense ante su intento de comprar el 100% de Twitter son para mondarse. Protestan los demócratas wokizados por la libertad de expresión: no porque Elon Musk se haya propuesto recortarla en Twitter, ¡sino porque quiere restablecerla! Puede parecer una paradoja o un cambio de parámetros, pero no es una cosa ni la otra. La preferencia por la censura se ha convertido en la norma entre cierta izquierda americana.

En su carta al presidente de la compañía en la que explica los motivos por los que quiere hacerse con el 100% de las acciones, dice Musk que invirtió en Twitter porque cree que la libertad de expresión es fundamental para la democracia. Con su compra se propone convertirse en su factótum: un dueño total que toma las decisiones sin la presión de los accionistas para que todo pueda decirse en la plataforma. Musk cree, como yo y algunos otros dinosaurios, que los límites a la libertad de expresión en las redes sociales deben ser únicamente los que marquen las leyes de cada país.

Normalmente, la izquierda recelaba de que multimillonarios comprasen medios de comunicación porque suponía, acertadamente, que esto podía interferir en la libertad. Sin embargo, lo que nos están diciendo ahora es justo lo contrario. Acusan a Elon Musk de poner a Twitter al servicio de los homófobos, los machistas y los racistas. Quieren que las redes sociales, como padres estrictos, hagan cumplir con sus modales favoritos y velen por la cortesía de la corrección política. Max Boot, columnista del Washington Post, propiedad de Jeff Bezos, por cierto, ha llegado a decir que para que la democracia sobreviva necesitamos más moderación de los contenidos, y no menos.

Esta es la posición de la izquierda americana ante una propuesta para ampliar el rango de la libertad de expresión en una red social donde se han cerrado miles de cuentas por supuestos crímenes del pensamiento. Diría que es para mear y no echar gota si no fuera porque llevo años escribiendo sobre este giro siniestro de los progresistas, en particular estadounidenses, pero también españoles. Su posición no se explica por el miedo al fascismo, ni al maltrato, ni al abuso, sino por un pavor a la democracia. La libertad de expresión no es un espacio seguro, lo diga Elon Musk o su porquero.

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