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La Opinión de A Coruña

Crónicas galantes

La guerra de las palabras

Putin dijo que no tenía intención de invadir Ucrania y, naturalmente, no la invadió. Ahora sostiene que sus tropas no han cometido las atrocidades de las que se les acusa: y tampoco hay por qué descreer al gerifalte de Moscú. De hecho, hay por ahí quienes dan por buena la versión rusa de que las masacres son un montaje más o menos teatral de los ucranianos, con la ayuda de la OTAN y de la CIA.

Es muy probable que la guerra de la que hablan los telediarios, radios y periódicos a sueldo del imperialismo yanqui no exista en realidad. Conviene cotejar la información en los diarios rusos —aún existen el Pravda y el Izvestia—, ahora que los traductores automáticos de Google permiten descifrar hasta el alfabeto cirílico.

Todos ellos, sin excepción, aluden a una misteriosa “operación militar especial” que las tropas de Putin estarían llevando a cabo para liberar a la población de Ucrania de los nazis y drogadictos que la oprimen. Para los rusos que siguen la actualidad por los conductos oficiales, no hay guerra alguna a la vista. De invasión, ya ni hablamos.

La guerra es cuestión de palabras, dada la afición de los comandantes en jefe a usar el eufemismo. Los ejércitos nunca retroceden: a lo sumo, hacen “avances estratégicos hacia la retaguardia”. No bombardean a la población civil: y aun el caso de que así fuese, los muertos pasan a formar parte del inventario de “daños colaterales”. Naturalmente, no cometen jamás masacres como la de los norteamericanos en la aldea vietnamita de My Lai, la de los jemeres rojos en Camboya o las que todavía están en curso a cargo de los rusos en Ucrania.

También al genocidio, que es el exterminio de un grupo humano por razones de raza, nacionalidad o religión, se le llama modernamente “limpieza étnica”, concepto que evoca más la higiene que el crimen.

Incluso los antiguos ministerios de la Guerra, nombre que sonaba fatal, se reconvirtieron a los actuales departamentos de Defensa. De hecho, los rusos no han atacado a Ucrania, sino que han ido a defenderla de sus propios gobernantes.

No extrañará, por tanto, que un filólogo tan acreditado como Putin haya preparado una operación militar especial en lugar de una guerra; y que lo haga con el propósito de “desnazificar” un país presidido por un judío.

Es una vieja tradición que viene ya de los tiempos en que la Unión Soviética invadió Finlandia, allá por el lejano año 1939. Al igual que ahora, la estrategia consistía en bombardear a la población civil para animarla a que se rindiese.

Interrogado sobre esa barbarie, el entonces ministro de Exteriores, que se apellidaba Molotov, aclaró que no estaban dejando caer bombas, sino cestas de alimentos sobre la población finlandesa. El pueblo atacado respondió con botellas de combustible contra los tanques rusos; y de ahí nació el término “cóctel Molotov”. “Si Molotov pone la comida, nosotros ponemos los cócteles”, explicaron con excelente humor los finlandeses. Que, por cierto, repelieron contra todo pronóstico al invasor.

Ahora, como entonces, la brutalidad de las tropas se embosca bajo las palabras que niegan incluso la existencia de una guerra. Solo es de esperar que Putin no recurra al “ataque preventivo”, que es como se llama en la jerga bélica al acto de adelantarse a un bombardeo atómico del enemigo. Con un tipo que miente cada vez que mueve los labios, no sería prudente excluir hipótesis alguna.

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