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La Opinión de A Coruña

La palabra guasap, según la RAE, es válida para referirse al mensaje de texto enviado a través de la famosa aplicación, así que la utilizaré para contarles que, cuando la pandemia nos asoló en aquel marzo aciago y desde el mismo viernes trece nos confinaron de modo repentino por lo que creímos quince días y luego fue el infinito y más allá, además de la angustia por la amenaza sanitaria, me agobió el súbito y radical desamparo académico en que quedaban mis alumnos. Me pareció el aislamiento injusto y doloroso para todos, sobre todo para los ancianos, pero también para los jóvenes tan jóvenes, que, de un día para otro se encontraron en casita, sin clase, y más en Arroyo de la Luz, confinado por partida doble. En lo más complicado del curso y con el peligro de incomunicación agravada por la brecha digital que aqueja a nuestras zonas rurales.

Fueron los guasaps los que salvaron al principio de aquel horror las clases de Lengua. No fue Rayuela, tan lento y burocrático, ni Clasroom, aunque luego se convirtiera en herramienta indispensable. Fueron los guasaps que con la urgencia, desde el primer día mantuvieron la cohesión de la clase, la comunicación por vídeos y audios y el instrumento que permitía explicaciones, preguntas, chascarrillos, estimular su imaginación y mantenernos unidos. Porque todos lo tenían y todos lo entendían.

Lo malo o bueno de los guasaps es que son muy chivatos. Por ellos sabemos que en el mismo marzo aciago, en el Ayuntamiento de la capital en reunión nocturna y de urgencia, a todos pareció bien el “trabajaco”, según Más Madrid, de la compra de EPI que se aprobaba “como no podía ser de otra manera”, según el PSOE, operación en la que dos chupasangres tipo El Tercer Hombre se aprovecharon de la muerte ajena. También conocemos por los guasaps la comisión obscena —¡y legal!— de Piqué por llevarse a Arabia, ese paraíso de las mujeres sin derechos, la Supercopa. Si serán chivatos los guasaps, amigo lector, que hasta el propio emérito desde su particular confinamiento le ha mandado uno a Susana Griso. Para curarse en salud, el pobre.

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