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La Opinión de A Coruña

Luis M. Alonso

Sol y Sombra

Luis M. Alonso

Mascarillas, un hábito

Por fin, después de dos años, el Gobierno ha decidido retirar la imposición de las mascarillas en interiores. Toda Europa lo ha hecho ya. Algunos países, incluso con una tasa de inmunización inferior a la de España, hace tiempo que se libraron de esta penosa carga, símbolo de la pandemia que impide al ser humano respirar como es debido al tiempo que lo sume en una humillación sin sentido cuando ya se halla casi todo el mundo vacunado, la enfermedad ha remitido y el riesgo de contagio es más bajo. Soy de los que han contado las horas para volver a la vida de antes y, sin embargo, parece que no todo el mundo está tan decidido a ello. Probablemente la dos causas que lo impiden son el miedo, por un lado, fruto de una inadecuada información sobre cómo protegerse; la otra es que el hombre es un animal de costumbres. Contra ninguna de las dos es fácil luchar.

Tarde o temprano todos vamos a morir de una cosa o de otra; el miedo hace difícil la vida a la vez que extrae lo peor de cada cual cuando no se combate como es debido. Las costumbres tienen en los españoles el mismo rango que las normas, nos cuesta aceptarlas y cuando ocurre nos es imposible desmontarlas. Resulta curioso que en medio de la amenaza de los bombardeos de una guerra los habitantes de Kiev quieran hacer el mayor esfuerzo por recuperar la normalidad mientras que muchos españoles se muestran contrarios en las encuestas a desprenderse de una simple mascarilla por inseguridad y con el argumento peregrino de que “algo hará para protegernos”. Deshabituarse lleva tiempo, pero no es razonable pasar el resto de la vida parapetados tras una mascarilla. También es cierto que la medida aprobada por el Gobierno no obliga a nadie a quitársela y los que se sientan desprotegidos o inseguros sin ella pueden seguir utilizándola, no ya una, sino una encima de otra. Qué país este.

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