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Juan Tapia

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Juan Tapia

La apuesta de Francia

Las últimas encuestas indican que Macron ganará y que el proyecto europeo podrá seguir avanzando. Con Le Pen no habría eje París-Berlín y la UE estaría sumergida en una grave crisis en el peor momento

Cada vez más observadores solventes afirman que la gran división política no es ya la tradicional entre la derecha y la izquierda. Que hoy la opción está entre los mundialistas-liberales, que creen que la globalización es positiva y quieren más gobernanza internacional para el bienestar y frenar el cambio climático, y los nacionalistas populistas, que ven en la globalización la gran amenaza y reclaman más poder para los viejos estados-nación. Globalistas contra nacionalistas.

Clasificar es discutible, pero es cierto que la elección de Trump, o el referéndum del Brexit, fueron triunfos del nacionalpopulismo: “América primero”, o que “Gran Bretaña retome el control”. La elección entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen también revela la división entre la Francia que apuesta por una Europa más unida y otra que cree que Francia está perdiendo su alma ante la globalización, Bruselas y la inmigración islámica.

Las últimas encuestas apuntan a una clara victoria del europeísta Macron sobre la nacionalista Le Pen (54%-45%). Y ello pese a que Macron ha tenido que convivir con la gran crisis de la pandemia. Pero será una victoria algo amarga. Primero, porque el margen será inferior al de 2017 (66%-34%). Además, en la primera vuelta, Macron tuvo un 28% de los votos frente al 23% de Le Pen y el 22% de Mélenchon, el populista de izquierdas que quedó eliminado. Ahora Macron ganará porque recogerá más votos que Le Pen de los que hace 15 días votaron a Mélenchon. Por eso Macron ha graduado su plan de elevar la edad de jubilación a los 65 años e insiste en indiciar las pensiones con el IPC, algo que no gusta a los liberales clásicos. Y ganará solo porque el populismo está partido en dos por la vieja división derecha-izquierda: nacionalismo ultra contra socialismo dogmático que rechaza el mercado.

El éxito de Le Pen ha sido saber combinar el nacionalismo antieuropeo y reacio a la inmigración del antiguo Frente Nacional con la protesta populista contra el alza de precios y las condiciones de vida. Francia creció el año pasado un 7% (más que Alemania), la inflación está en el 4,5%, tres puntos por debajo de la media europea, y el paro ha bajado hasta el 7,4%. Los franceses son quizás los más humanos: siempre quieren más.

La victoria de Macron, si se confirma, impedirá el bloqueo de Europa. Más crecimiento, más bienestar y afrontar el cambio climático implica más Europa, no menos como propone Marine Le Pen. Luego habrá que ver lo que pasa en las legislativas de junio y cómo Macron hace que su proyecto social-liberal consiga unir más a Francia que en los últimos cinco años, sacudidos por la revuelta de los chalecos amarillos y el coronavirus.

Pero las encuestas no son los resultados. Y Marine Le Pen aún puede ganar. Pasó, contra pronóstico, con el Brexit. Y ha logrado que muchos no la vean ya como la extrema derecha sino como una mujer razonable que ama a los gatos y se preocupa por los fines de mes de los franceses. Mientras, Macron es percibido como un presidente tecnócrata y el menos empático (salvo Sarkozy) de la Quinta República. Chirac, el último presidente reelegido, era mucho más próximo al francés medio que el ambicioso Macron, cuyo primer cargo de elección popular fue el de presidente de la República. Lo cierto es que muchos asalariados del sector privado —y más aún del sector público— decían hace poco sentirse más cercanos a Le Pen.

La victoria de Le Pen, pese a que el lobo se ha vestido con piel de cordero mucho mejor que Trump, comportaría una crisis descomunal en la UE en un momento decisivo, cuando la guerra de Ucrania ha ennegrecido todas las perspectivas. La UE debe estar hoy preparada para todas las eventualidades. Quizás un triunfo de Le Pen no conllevara finalmente un gran desastre porque sería difícil que luego obtuviera mayoría en las legislativas de junio. Pero una Francia en crisis y una Europa paralizada es lo menos conveniente cuando el BCE, obligado por la alta inflación, va a tener que dejar animar la economía inyectando dinero como ha estado haciendo los últimos años.

París sigue siendo clave. Y con Le Pen no habría eje París-Berlín y la UE estaría sumergida en una grave crisis en el peor momento. Afortunadamente parece que no será así.

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