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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

La influencia de Francia

Las elecciones presidenciales francesas han supuesto la victoria, relativamente amplia, del centro derecha de Emmanuel Macron y el éxito, también relativo, de la extrema derecha de Marine Le Pen, que sigue avanzando en cada nueva cita electoral hasta alcanzar el 42% de los votos. Ahora, quedamos a la espera del resultado de las próximas elecciones legislativas a celebrar en junio, para las que ya se perfilan tres grandes bloques ideológicos; un centro amplio construido en torno a Macron, una izquierda populista liderada por Mélenchon y una extrema derecha tejida en torno a Marine Le Pen o de otro candidato, o candidata, de la misma familia. En la sede de la UE, en Bruselas, se festejó el triunfo de Macron en las presidenciales como un apoyo importante al alicaído proyecto europeo que en los últimos tiempos se ha visto zarandeado por la deriva ultraderechista de los gobiernos de Hungría y de Polonia, así como la participación de políticos de la misma tendencia en los ejecutivos de Italia, Grecia, Estonia, Bulgaria y Finlandia. En Eslovenia ganaron las elecciones, pero no pudieron gobernar al coaligarse en su contra el resto de los partidos. Y en Suecia las encuestas le otorgan mayoría. Por no hablar de las puñaladas que supusieron la salida de la Gran Bretaña y los menosprecios de la etapa de ocupación de la presidencia de Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump. Del caso español, no toca opinar hoy, pero no deja de preocupar la formación de un gobierno regional en Castilla y León entre el PP y Vox, un anticipo de lo que pudiera ser la misma fórmula en las elecciones regionales andaluzas. Desde que tengo eso que se llama “uso de razón” la influencia de Francia se dejó notar en todas las etapas de la vida. En la escuela, después del castellano, era la segunda lengua en importancia a gran distancia del inglés, que era una rareza. Y el modelo educativo era tributario del francés, con las limitaciones que imponía el sistema nacionalcatólico, un agobio pedagógico omnipresente, tanto para los alumnos que discurrían algo como para aquellos enseñantes beneméritos que abrían refrescantes ventanas al ancho mundo (con las necesarias cautelas, por descontado, ya que el ojo de la censura no dormía nunca). Para el público masculino en general, Francia era el país de todas las libertades posibles, empezando por la libertad sexual. A grosso modo esa era la conclusión a que habíamos llegado tras estudiar en el colegio el capítulo dedicado a la Revolución Francesa y de ver algunas películas sobre el mismo asunto. La corte de los Borbones franceses con aquellos aristócratas con pelucas empolvadas, medias de seda, monóculos y zapatos de tacón, nos parecían el colmo de la depravación. Y ya no digamos las cortesanas y las amantes oficiales de los reyes, que, al agacharse para saludar al jefe del corral, dejaban ver en la profundidad del escote dos bien formados senos de porcelana. La inevitable revolución contra aquellos parásitos por parte de ciudadanos hambrientos, nos pareció muy merecida. Lo mismo que las condenas a morir guillotinados. Hay formas de perder la cabeza.

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