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La Opinión de A Coruña

El sonido de la adolescencia

Con la primavera llega el cambio de armario y también la apertura de ventanas más allá de los diez segundos invernales contados muy deprisa. Lo justito para que la casa se ventile. Pero ahora, abro la ventana que da a la fachada y las interiores que dan a uno de los patios de luces de este laberíntico edificio para crear una serpenteante corriente alterna que dura lo que tardo en recordar que la corriente rondará los doce kilómetros por hora y el sonido, caramba, alcanza los mil doscientos. No compensa. Al menos no desde que he descubierto que, desde la última estación de ventanas abiertas, en algún lugar de este recóndito amasijo vecinal brotó una preadolescente. No sé si se acaba de mudar o es la mutación resultante entre primaveras de la que fuera una dulce niña. Lo que sí sé es que, hasta la fecha, los sonidos de esta comunidad eran la misa televisada los domingos en algún pasillo; las juergas de madrugada, siempre distintas y siempre las mismas de alguno de los alegales alquileres turísticos; la ovación al unísono del gol de algún partido de esos importantes. O también al unísono, las menciones a la madre del árbitro desalmado que lo anula. Quizá algún polvo con su ruido de somieres y que en el clímax puede ir acompañado del nombre a gritos del artífice de tremendo orgasmo. Siempre siempre extranjero. Qué sé yo… Uh, oh, ah…! I’m coming, Klaus. O Johannes. Nunca un no pares, Manolo. Y ya. Esa es la banda sonora de esta galaxia que rodea mi ventana. O lo era. Hasta ahora, que todo lo ocupa ella y sus lamentos. ¡Pobre criatura! ¿Cómo puede caber en un solo cuerpo tanto sufrimiento?

La conocí —sin habernos visto nunca— tras la bronca con su madre que trataba de convencerla de que una blusa blanca sí combina con una falda rosa.

–Que no pega.

–Que sí.

–¡Que no pega!

–¡Que sí!

Y viendo que no iba a avanzar ni un ápice la negociación, opté por cerrar la ventana porque ya conozco el final de esa película que siempre acaba en un: “¡Ponte lo que te dé la gana!” desgañitado. Siguieron otras interacciones que podríamos englobar además del no tengo nada que pegue con baja el volumen y que recojas tu cuarto te he dicho mil veces y que, yo que puedo, zanjo cerrando las ventanas.

¡Que sé de la importancia de esa etapa de la vida que es la adolescencia! Ese imprescindible cuestionar y rebelarte contra todo y alejarte de tus padres para tratar de construirte una identidad propia en la oscuridad de tu cuarto. Lo que pasa es que los puñeteros arquitectos construyeron las ciudades enfocándose en los dormitorios principales con vistas y baño en suite y los de los niños los distribuyeron apiñados, sin baño y bien al fondo, allá en los patios de luces. Con la única intención —ahora lo veo— de mantenerlos alejados cuando llegue la adolescencia. Pero alejar a esta criatura de sus padres significa, que enfadada con el mundo y en su cuarto todo el día, ¡me la acercan a mí! Aunque no la vea ni un poco y todo lo que sepa de ella sea a través de cacofonías.

Tampoco tengo localizada a esa madre en el edificio, pero me apuesto a que podría reconocerla. Será la que sube pegándose cabezazos en el ascensor; en una mano un bote de Nocilla, en la otra uno de Nutella —porque más vale prevenir—. Y lo correcto sería susurrarle al oído: “Yo pasé por lo mismo y de la pubertad se sale, te lo prometo”. Porque es cierto. La mala leche, el drama constante, el no… se acaban. Así sucede al menos en la larga, muy larga adolescencia femenina, porque un riguroso estudio realizado de madrugada entre mi grupo de amigas —y las camareras que nos atendían— demostró que todas en alguna ocasión hemos tenido, aunque fuera una cita, con algún señor, que bien entrado en los cuarenta… aún no había madurado.

Y aquí todos conocemos, cuanto menos… una de las dos caras de la adolescencia. Esa metamorfosis muchísimo peor —dónde vamos a parar— que la de Kafka donde el pobre Gregorio Samsa amaneció mutado en cucaracha, sí, vale; pero fue cucaracha para siempre. Pero una adolescente, un buen día, sangra. Descubre una mañana que le ha crecido una teta ¡una! Y puede pasar un mes entero para que la otra asome o —¿de qué vas, naturaleza?—, para que la primera se reabsorba tal y como apareció: a traición. Así que no hay rebeldes sin causa. A una adolescente cabreada, le sobran los motivos.

“La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”. Dicen. Pero también, como escribió la escritora Karen Savage: “La adolescencia es quizás la forma de la naturaleza de preparar a los padres para el nido vacío”. De eso le hablaré a mi vecina: del silencio, la alegría, ¡el gozo del nido vacío…! Y de que todo en esta vida es efímero: la infancia, la adolescencia… Incluso esa felicidad del nido vacío que dura, exactamente… hasta que a tu vecino le crecen los hijos.

“La nieve y la adolescencia son los únicos problemas que desaparecen si los ignoras el tiempo suficiente”. Earl Wilson.

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