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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Espiar no vale de nada

La sospecha de que el Centro Nacional de Inteligencia pudo haber espiado a 63 políticos independentistas (catalanes y vascos), por orden del Gobierno español, ha provocado el natural revuelo. El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, de Esquerra Republicana, uno de los partidos que apuntala la exigua mayoría parlamentaria que permite gobernar a Pedro Sánchez, le ha dado un ultimátum a los socialistas para que ofrezcan explicaciones satisfactorias en el brevísimo plazo de una semana, y caso de no cumplirlo, le retirarían su apoyo parlamentario. El lío subsiguiente puede ser monumental y ya se han lanzado iniciativas para que tal cosa no suceda porque no estaba prevista la posibilidad de una convocatoria de elecciones generales anticipadas a estas alturas, que nos coge a todos sin acabarnos de vestir y de peinar. O, dicho con otras palabras, con el paso cambiado. El principal perjudicado por el estallido de la llamada “coalición Frankenstein” sería el PSOE, que ya se ha apresurado a impulsar con marchamo de urgencia una comisión de la verdad en el Parlamento. Después, su socio en la gobernanza, Unidas Podemos, al que se vaticina una importante pérdida de votos, mientras espera por conocer la profundidad del efecto Yolanda. A rebufo de esos dos (que se dice en las carreras de motos) el PP, que no quiere regalarle a Vox ni un ápice de su archiconocida españolidad, dejándose ver en la compañía de los acosadores del Gobierno. Es decir, de los independentistas catalanes, vascos y allegados nacionalistas (ERC, PDeCAT, CUP, PNV, EH Bildu, Compromís, Más País y Junts). Los mismos que antes lo apoyaron cuando prosperó la moción de censura contra Mariano Rajoy. Además de eso, hay que darle tiempo a los estrategas de Génova 13 para que le tomen la temperatura a la convivencia con Vox, de la que ya tuvimos las muestras recientes de los gobiernos de Madrid y de Castilla y León y dentro de unos pocos días el de Andalucía. La imagen de moderación y bajo tono de voz que pretende transmitir Feijóo en sus comparecencias públicas es difícil de lograr. Sobre todo, después de la ducha escocesa (sucesión brusca del agua caliente a la helada) con que solía regar los escaños del Congreso de los Diputados su predecesor, el señor Casado. La mayoría de los discursos de los líderes del PP están influidos por la oratoria rotunda de su fundador, Manuel Fraga Iribarne, que recitaba con voz tonante sus intervenciones públicas, como si estas fueran el recitado de los temas de una oposición a una de las muchas plazas a la Administración del Estado que consiguió gracias a una memoria portentosa. Por lo demás, las exigencias de Esquerra Republicana y de los independentistas catalanes sobre el llamado caso Pegasus desprenden el aroma, muy reconocible, de las autoridades autonómicas que aspiran a ser tratadas como un Estado vecino. Nunca como una autoridad regional. Según esa interpretación, los agentes del CNI habrían espiado a políticos de una potencia extranjera con la que, de momento, mantenemos relaciones diplomáticas. Y cuando sean identificados, los espías deberán ser expulsados por el puesto fronterizo de La Jonquera. En cuanto al objetivo de espiar a esos 63 políticos, no acabo de ver el interés de la operación. ¿Qué puede temer el CNI? ¿Una nueva declaración unilateral de independencia tan ridícula como la anterior? ¿La compra del Barça por un jeque árabe? En fin, ¿no habrá cosa mejor con la que entretenerse?

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