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La Opinión de A Coruña

Liliana Arroyo

Hablamos de plutocracia

Musk tiene la particularidad de que haga lo que haga tiene el mundo mirándolo. Tanto si publica un tuit, como si presenta un proyecto o hace una operación financiera. Su figura no entiende de términos medios entre la idolatría y el desprecio. Si alguien os pregunta qué pasará con Twitter a partir de ahora, la respuesta honesta es que no tenemos ni idea. El efecto Musk precisamente se basa en la impulsividad de alguien que se sabe por encima del bien y del mal. Sus proyectos capitales (Tesla o SpaceX) tienen la virtud de poner la disrupción a favor de crear productos punteros a costes reducidos, que no populares, pero también es un exponente de la innovación sin escrúpulos.

Permitidme que me genere dudas, pues, cuando se proclama en tanto que “absolutista de la libertad de expresión”. La combinación de términos de entrada me genera desazón, la nostalgia ilustrada de las libertades como un derecho individual absoluto olvida que la vida en sociedades diversas y complejas es una negociación constante. En este caso, además tenemos que sumar el juego de poder que implica poder comprar el altavoz y hacértelo a tu medida cuando las reglas del juego no te gustan. Esto, en el contexto de una plutocracia copada de hombres blancos, donde se incluyen los propietarios de las plataformas que sostienen nuestra vida digital. Musk no está solo adquiriendo una empresa, desde el privilegio compra la capacidad de hacer el mundo algo más a su medida.

Me alegro de que muchas personas en Twitter estén mostrando incomodidad y anunciando que marchan hacia Mastodon (una plataforma descentralizada y de código abierto). Me alegraría más si fuera porque hemos entendido que las alternativas existen y que no hay que ser multimillonario para poder utilizar redes hechas desde y para la comunidad, con transparencia y sin interfaces que pretenden modelar nuestra conducta con ánimo de lucro. Pues Elon, si lo que se querías era preservar la democracia y garantizar la libertad de expresión, estos 44.000 millones los podrías haber puesto al servicio de los centenares de organizaciones que desde hace décadas luchen precisamente por eso en todo el planeta.

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