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La Opinión de A Coruña

Miqui Otero

Hey, leed este libro

El 19 de mayo de 2011, en el corazón arrítmico de la crisis económica, Julio Iglesias confesó cómo había llegado al Liceu: “He venido en mi avión”. Y luego, con el índice apuntando a la platea: “¡Y ese avión me lo habéis pagado vosotros!”.

La letra impresa no le hace justicia: en realidad la última frase fue como uno de esos remolinos de margarina que acaban con un “weah!” y el “vosotros” sonó, obviamente, “fffrvosotros”. Durante un nanosegundo yo, en el patio de butacas, pensé que el público respondería a esa frase con un abucheo. Estábamos en un momento muy crudo y las entradas eran carísimas. Sin embargo, recibió una ovación cerrada. Él correspondió con un “Os quiero”. Y luego, sin venir a cuento, si bien aquella fue la gran temporada del Barça de Pep con el Madrid de Mourinho, con un: “¡Quiero hasta a Piqué!” (dijo, Pikkkkkké, con reverb).

Es difícil entender por qué hay personas que conectan, pese a sus privilegios, incluso aunque los exhiban frontalmente, con gente de clase humilde. En mi caso, he escuchado a Julio Iglesias en casas y coches de familiares, en viajes y cenas. Me espanta, por poner un ejemplo fotográfico, el personaje que aparece (combinados en pantone beige) haciendo el trenecito con Zaplana en lo peor de la burbuja corrupta valenciana. Pero me fascina (al margen de algunas canciones) esa puntería involuntaria para la frase brillante.

Iglesias, por volver a la escena inicial, afirmó en su día que “todo español debería tener un jet”, un eslogan perfecto para algún partido de turbocapitalismo-majarasocialista. Un truhán que afirma, preguntado por los posibles problemas de salud de una excesiva exposición al astro rey: “El sol es mi amigo” (y que se presenta como el Sinatra latino o el Napoléon del amor). Un señor que lleva más de medio siglo mostrando solo su perfil derecho (el izquierdo es algo así como la cara oculta de la luna; algún día acuñarán moneda con ese perfil). Un tipo que bautizó a tres de sus perros como Meva, Bambú y Hey. Que canta que es “feliz con un vino y un trozo de pan”, para matizar en el verso siguiente que “también, cómo no, con caviar y champán”.

Por todo ello abrí con muchísimas ganas el libro Hey. Julio iglesias y la conquista de América, de Hans Laguna (Contra). Entre el ensayo ambiciosísimo sobre los mecanismos de la cultura de masas y la biografía del artista, se centra especialmente en la conquista global de un cantante que ha vendido más de 250 millones de discos y del que, sin embargo, se ha escrito poquísimo fuera de las páginas de la prensa rosa.

Digámoslo pronto: estamos ante uno de los mejores libros musicales que se han publicado en este país. A través de la figura de Iglesias, retrata los tejemanejes en la España tardofranquista y en la industria musical. Habla tanto de raza como de clase social. Se detiene en cuestiones técnicas (analiza por qué funciona esa voz, echando mano de un concepto que proviene del comportamiento cortesano en el Renacimiento) y se ocupa de la fama como droga. Es prolijo en anécdotas (cuando cedió la suite de Indian Creek a Michael Jackson, que prefirió la de Chabeli, llena de peluches) y lucidísimo en ideas propias (sustentadas tanto en Adorno o en Stendhal, si es preciso). Explica el pasado y también el presente, paralelismos con Rosalía incluidos.

A mí siempre me ha parecido que Iglesias tenía esa genialidad casi patafísica de Cruyff para el aforismo. Si este decía cosas como “si tú tienes el balón, los otros no te meten gol”, Julio suelta otras como “El arte de cantar no es tan importante como el arte de encantar”. Bien, este libro, puedo cantarlo sin miedo, os va a encantar.

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