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La Opinión de A Coruña

Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

La OTAN está ya en Ucrania

Ucrania no está, al menos oficialmente en la OTAN, pero la Alianza Atlántica sí está ya en Ucrania.

Solo así cabe interpretar el incesante y masivo envío a Ucrania de material bélico de todo tipo, armamento pesado incluido, para que ese país se defienda con éxito del brutal invasor ruso.

Rearme que comenzó mucho antes de la invasión y que no va a cesar, o ése es al menos es el objetivo de la OTAN, hasta que Rusia retire de allí sus tropas y Ucrania recupere su soberanía.

¿Retirada parcial o total, Crimea y los territorios mayoritariamente rusófonos del Sur y del Este incluidos? He ahí el verdadero quid de la cuestión, algo que decidirá la duración de un conflicto que se antoja en principio interminable.

Dicen que Moscú confía en la división de los ciudadanos europeos, que se verán sometidos a duros sacrificios económicos y sociales por culpa de la guerra.

El dinero que va a generoso a la industria armamentista habrá que detraerlo de alguna parte: educación, sanidad, protección del medio ambiente.

A lo que hay que añadir el impacto de la guerra en el precio de los alimentos básicos, la gasolina y los hidrocarburos en general, que no dejarán de subir, lo que alimentará a la extrema derecha populista en todo el continente.

Ojalá, por otro lado, que el dinero que va ahora a armamento pudiera dedicarse a ayudar económicamente a un país que ya antes de la invasión era, pese a su abundancia en materias primas, uno de los más pobres de Europa y que lleva años sufriendo el éxodo de sus ciudadanos, intensificado ahora por la guerra.

Un país con una de las más bajas esperanzas de vida del continente por culpa de la corrupción, de la mala calidad de su sistema sanitario, el alcoholismo, el tabaquismo y la elevada contaminación industrial.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski quiere invertir ese proceso y, según él mismo ha declarado, convertir a Ucrania en algo así como “el Israel europeo”, por lo que la seguridad será la cuestión principal durante la próxima década.

Mientras tanto, las posibilidades de llegar a un compromiso que ponga fin a la destrucción y la masacre de esta guerra, por desgracia no muy distintas de las de otras guerras aunque muchos no quieran reconocerlo, son cada vez menores.

El autócrata ruso, Vladímir Putin, no parece escuchar a nadie, pero se ve obligado a ofrecer a sus compatriotas algo que en cierto modo justifique la que su propaganda se empeña en llamar “operación especial”.

Y, a su vez, el presidente de EEUU, Joe Biden, quiere hacerles olvidar a sus conciudadanos la humillación del abandono de Afganistán, y darle una patada a Rusia en Ucrania, sin tener que implicar a sus propias tropas, parece servirle perfectamente para ese propósito.

Ha logrado Biden lo que bajo la anterior presidencia de Donald Trump parecía imposible: unir a los Gobiernos europeos y reforzar la OTAN, a la que podrían incluso unirse próximamente dos países hasta ahora neutrales como Suecia y Finlandia. ¡Todo ello gracias a Putin!

La batalla de la información la ha ganado ya el joven presidente ucraniano, que, a sus acreditadas dotes de actor, suma el excelente asesoramiento de las agencias de relaciones públicas norteamericanas.

La diplomacia parece últimamente en descrédito, algo que muy pocos parecen echar de menos. Entre éstos está el ex líder laborista británico Jeremy Corbin, que se lamenta de que, en lugar de hablar de paz, los gobiernos europeos “estén alimentando la máquina de la guerra y haciendo que se revaloricen las acciones de las empresas de armamento”.

Y mientras el primer ministro británico, Boris Johnson, se muestra como uno de los más belicistas en este conflicto, su Gobierno anuncia un plan para deportar a Ruanda a los solicitantes de asilo de cualquier país que crucen el canal de la Mancha. ¡Si esto no es racismo, que venga Dios y lo vea!

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