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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Sentido del humor de Franco

Transcurridos 47 años desde su muerte, el general Franco no ha dejado de ser un fenómeno editorial. Recientemente, se han publicado una decena de libros sobre su figura y los historiadores no dudan de que, a fecha de hoy, puedan estar en preparación algunos títulos más. Al fin y al cabo, el militar ferrolano fue el personaje más influyente en la vida de los españoles a lo largo de todo el siglo XX. Primero, como héroe del ejército colonial en la guerra de Marruecos; después, como represor de la Revolución de octubre de 1934 en nombre del gobierno de la Segunda República; y por último, como Generalísimo de los militares alzados contra esa misma República, a la que acabó derrotando tras una dolorosa Guerra Civil que desembocó en una dictadura de casi cuarenta años.

A su muerte, se formaron largas colas para homenajearlo pasando por delante de su cadáver y luego fue enterrado en una tumba grandiosa, como si fuera un faraón (o como nosotros nos imaginábamos que enterraban a los faraones, esos sátrapas egipcios de los que decía descender la impar Lola Flores). Durante el tiempo en que fue internacionalmente rechazado por fascista y por amigo de Hitler y de Mussolini, el general aprovechó astutamente para presentarse como hijo devoto de la Iglesia católica, y como feroz anticomunista al objeto de halagar a los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

En los grandes fastos civiles se dejaba ver rodeado de una espectacular Guardia Mora a caballo. Y en las solemnidades religiosas entraba en las iglesias bajo palio como si fuera la hostia bendita. ¿Había un soterrado, casi imperceptible, sentido del humor en aquellos decorados casi cinematográficos? Algunos autores opinan que sí. Y exhiben como síntoma de la siniestra tomadura de pelo el diálogo (brevísimo como todos los suyos) que mantuvo con un invitado a una recepción. “Haga como yo, no se meta en política”. Más cinismo, no cabe. El hombre que todavía firmaba sentencias de muerte pocos días antes de “rendir cuentas ante el Altísimo” (como expresó en su testamento), tenía un siniestro sentido del humor, según algunos de sus estudiosos. Y acreditó también una habilidad extraordinaria para sortear a todos los que intentaron descabalgarlo del poder. Un intelectual tan alabado como Albert Camus dejó escrito que Franco fue el “auténtico vencedor de la Segunda Guerra Mundial” (y al menos el que más beneficios obtuvo, si tenemos en cuenta que su principal objetivo era perdurar en el poder hasta el fin de sus días).

Dejando a un lado el libro de Franco Salgado sobre su famoso primo en el que recoge un extenso anecdotario fruto de su relación personal y profesional, hay otros títulos sobre el pretendido humor del llamado Caudillo. Por ejemplo, en las memorias del conocido economista catalán Fabián Estapé. “Se trataba de un hombre curioso —escribe— porque de la misma forma que firmaba sentencias de muerte, recogía con sencillez los objetos que encontraba en el suelo de su despacho”. Asesor del Gobierno, directivo del Barça, rector de la Universidad de Barcelona, Estapé compara el miedo que decían sentir los recibidos en audiencia por Felipe II con el que provocaba Franco. “El sentido del humor y la mala leche constituían en Franco una combinación imprevisible en la que nunca se sabía que pesaba más”.

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