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La Opinión de A Coruña

Juan Tapia

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Juan Tapia

El desparpajo de Rufián

Europa se enfrenta a la estanflación y España necesitaría un gobierno más fuerte y coherente

En el debate de medidas contra la crisis, el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, célebre por su gran “desparpajo”, se encaró con Pedro Sánchez: “a ustedes no les gustan ni Podemos, ni ERC, ni Bildu, ni Más País, están deseando el apoyo del PP, pues vale, pero díganlo para que, como mínimo, sus electores se enteren”.

Al final el decreto fue convalidado por 176 votos, más que los 167 de la investidura, pero sin el apoyo de ERC que votó no junto al PP, Vox, y Junts. También se aprobó la comisión de secretos oficiales, que recibirá información sobre las escuchas del CNI y en la que, por primera vez, estarán no solo ERC y Junts sino también la CUP. Al contrario de lo que dijo Rufián, Sánchez volvió a preferir los votos de Bildu a aproximarse al PP. El primer gobierno de coalición de izquierdas, con el apoyo de una mayoría progresista, tiene activos indudables como haber afrontado la crisis de la pandemia, no solo sin recortes sino con avances como el Ingreso Mínimo Vital. Y ha cumplido algo esencial en una democracia, la alternancia. El PP, pese a que no le gusta, no tiene derecho a gobernar siempre.

La cuestión no es si al PSOE le gustan Podemos, ERC y Bildu, sino si este Gobierno y la llamada coalición de la investidura son lo más apropiado para ahora seguir gobernando. Vamos a Podemos. La crítica y la sospecha, casi diaria, contra el PSOE, el socio mayoritario, no transmite confianza en la estabilidad política. Que Podemos anime una resolución del Congreso contra el acuerdo con Marruecos, país clave para España, el mismo día que Pedro Sánchez viaja a Rabat invitado por Mohamed VI, es impresentable. Podemos podía hacerlo, si antes sus ministros dimitían. Pero criticar, acusar y votar con la oposición desde los sillones del Gobierno es poco normal en las democracias. Y menos que el presidente lo tolere.

Tampoco lo es que la ministra Belarra, en plena guerra de Ucrania, descalifique la relevante cumbre de la OTAN de Madrid del próximo junio. El Gobierno no cumple con la mínima imagen de coherencia. Y Podemos parece fracturado entre la vicepresidenta Yolanda Díaz, la líder señalada por Pablo Iglesias, y las ministras de Podemos más próximas al dimitido vicepresidente, ahora tertuliano. Gran confusión.

La mayoría de la investidura transmite imagen de desunión. Que ERC y Bildu no apoyen la reforma laboral —un gran objetivo de la legislatura— pactada con fórceps con la CEOE, CCOO y UGT fue desconcertante. ¿El progresismo exigía votar contra el Gobierno y los sindicatos cuando alcanzan un pacto con la patronal en algo tan esencial como el marco laboral en el país líder del paro en Europa? Suerte que el PP, por un diputado despistado, salvó las cosas.

Y es poco explicable que esta semana ERC haya votado contra unas medidas económicas urgentes —más o menos acertadas— no por desacuerdo con ellas, sino por un asunto relevante, pero totalmente ajeno al delicado momento económico.

El viernes los datos de Eurostat confirmaron que con un 0,2% de crecimiento en el primer trimestre (España un 0,3; Francia un 0 patatero e Italia un -0,2), y una inflación del 7,5% (8,3% España), Europa está cerca de la temida estanflación (precios altos y poco crecimiento). La vicepresidenta Calviño ha rebajado el aumento previsto del PIB del 7 al 4,3% y apuesta por una inflación del 6,1%, peligrosa y además difícil de conseguir. Y como el BCE va a dejar de comprar deuda pública en verano, Italia y España lo van a notar de inmediato. Mas aún si los tipos de interés empiezan a subir, lo que ya no se puede descartar.

Habrá que tomar medidas que no siempre serán populares y ello exige un Gobierno determinado y coherente. Alemania lo tiene y es de coalición. Italia tiene con Draghi otro de unión nacional, desde la extrema derecha a la izquierda. Francia lo tendrá pese a que las presidenciales han mostrado fractura social. ¿España?

No es cuestión de preferencias ideológicas, o de los gustos de Rufián, Sánchez o Feijóo. Lo seguro es que vienen tiempos complicados —con la guerra de Ucrania de fondo— y que la gobernación necesitará más profesionalidad y coherencia de la que le ofrecen hoy unos equilibrios (o desequilibrios), quizás bien intencionados pero que se están mostrando insuficientes.

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