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La Opinión de A Coruña

Elena Fernández-Pello

Esclavas de la oxitocina

A finales de los noventa la antropóloga estadounidense Sarah Blaffer Hrdy dedicó un libro, Madre naturaleza, a las relaciones de dependencia que se establecen entre madres e hijos. Hrdy llegó a la conclusión, tras sus investigaciones, de que en la especie humana el instinto maternal no es innato, no está predeterminado y depende de variables sociales y culturales.

La antropóloga también analizó la cuestión desde el punto de vista hormonal. Tras el parto las madres experimentan una subida de oxitocina, una hormona que las hace especialmente receptivas a las necesidades de sus hijos, pero Hrdy comprobó que ese incremento se produce, aunque no sea de una manera tan súbita, en cualquier persona que establezca una relación de apego con el bebé, sea mujer u hombre, en los padres más lentamente, en las madres adoptivas, también en los abuelos.

Otra antropóloga, en este caso francesa, Françoise Héritier, también niega la mayor. En una entrevista publicada en L’Express, Héritier explicaba que “el cuerpo se expresa a través de las hormonas, pero no dictan su ley” y que “no basta con tener un hijo o ser mujer para ser madre, porque la maternidad se construye emocionalmente, intelectualmente y cognitivamente”. Los seres humanos no son esclavos de la biología, viene a decir Héritier, no están sujetos a periodos de celo como los animales y se mueven por sentimientos complejos como el deseo y el amor, que manifiestan de muy distintas formas. El único instinto indiscutible parece ser, en el caso de los humanos, el de supervivencia.

La oxitocina hace más placentera la vida, se segrega en el orgasmo, ante una caricia o un abrazo, en respuesta a las carantoñas de tu perro. En el caso de las madres, agudiza sus sentidos y hace llevaderas tareas imprescindibles para sacar adelante a su bebé que no tienen nada de gratificantes. La proximidad, el roce piel con piel, el intercambio de miradas cariñosas, favorece la producción de oxitocina, y lo mismo que sucede con las madres sucede con otras personas que se hacen cargo amorosamente del cuidado del niño, aunque sea de una manera menos explosiva.

Eso es lo que dice la ciencia, los antropólogos, y los sociólogos teorizan sobre ello. La sociedad, sin embargo, ha promovido la idea de que el instinto maternal viene en las mujeres de serie, que no pueden arrepentirse de haber engendrado, que todas aman a sus hijos incondicionalmente y cuidan de ellos de manera responsable. Las mujeres, en definitiva, son rehenes de su instinto maternal y con ese argumento no es raro que se justifique que ha de ser ellas las que asuman el cuidado de los niños y con ellos el del hogar, y que para ello asuman todo tipo de renuncias. No es necesario agradecérselo, porque está en su naturaleza y actúan movidas por una pulsión irrefrenable, han de sentirse satisfechas por haber cumplido con el mandato biológico.

Pero los humanos somos seres especialmente sofisticados, complejos, y salta a la vista que abundan las madres agobiadas, que en la intimidad expresan culpa y arrepentimiento, algunas desandarían sus pasos pese al amor intenso que sienten por sus hijos y no tendrían por qué avergonzarse de ello: el hecho de que la maternidad se elija y se ejerza desde la libertad la hace mucho más meritoria.

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